Cuando el calor espesa la sangre: así aumentan las temperaturas extremas el riesgo de ictus
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La ciencia médica acaba de añadir un nuevo y desconcertante elemento a esta ecuación, uno que no podemos controlar: el pronóstico del tiempo. El clima extremo se ha convertido en un desencadenante clínico directo de emergencias cerebrales. Así lo confirma una reciente declaración de la Organización Mundial del Ictus, recogida en la revista en el International Journal of Stroke.
Cuando nos enfrentamos a temperaturas abrasadoras, nuestro cuerpo suda para enfriarse. Si no reponemos esos líquidos rápidamente, entramos en un estado de deshidratación.
Este proceso provoca lo que los médicos llaman hemoconcentración, una situación en la que nuestra sangre pierde agua, se vuelve más viscosa y espesa, y fluye con mayor lentitud.
Esta sangre espesa es el caldo de cultivo perfecto para la formación de coágulos (eventos tromboembólicos). Si uno de estos coágulos viaja y bloquea una arteria cerebral, se produce un ictus isquémico.
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Y los datos son escalofriantes. Un exhaustivo estudio presentado recientemente en el congreso de la Asociación Europea de Cardiología Preventiva (EAPC), que analizó a más de 8 millones de residentes en el este de Polonia durante una década (2011-2020), demostró que el impacto del calor es fulminante. En los días de ola de calor, los eventos cardiovasculares mayores se dispararon un 7,5%, y las muertes por estas causas aumentaron un 9,5% de forma inmediata.
Podríamos pensar que, en un mundo en calentamiento global, el frío dejaría de ser un problema, pero la inestabilidad climática trae consigo drásticas olas de frío que actúan sobre nuestro sistema vascular de una forma totalmente distinta, pero igualmente letal.
El aire helado provoca vasoconstricción; es decir, nuestros vasos sanguíneos se contraen y se estrechan para conservar el calor corporal. Esta contracción obliga al corazón a bombear con más fuerza, elevando drásticamente la presión arterial, que es la causa principal de los accidentes cerebrovasculares. Lo peligroso del frío es que su impacto no es inmediato, sino retardado. El estudio polaco reveló que el riesgo de sufrir un evento cardiovascular grave aumentaba entre un 4% y un 5,9% en los días posteriores a la exposición al frío extremo. El cuerpo humano, sencillamente, no tiene tiempo de adaptarse a estos cambios bruscos.
Pero el clima extremo no actúa solo. Viene acompañado de la contaminación atmosférica. El humo de los incendios forestales (cada vez más frecuentes), el polvo en suspensión y las emisiones industriales cargan el aire de partículas finas (PM2.5). Cuando inhalamos estas partículas, son tan diminutas que atraviesan la barrera pulmonar y entran directamente en nuestro torrente sanguíneo. Una vez allí, provocan una inflamación sistémica, dañando las paredes de las arterias, incluidas las del cerebro. Con el tiempo, este daño facilita la ruptura o el bloqueo de los vasos.
Según los datos expuestos por los investigadores, más del 20% de los ictus a nivel mundial ya se atribuyen a la mala calidad del aire. En el estudio de Polonia, la contaminación fue responsable del 13% de todas las muertes cardiovasculares, robando más de 71.000 años de vida a la población en solo diez años. Y no solo afecta a los ancianos. El riesgo de eventos cardiovasculares fue un 5% mayor en mujeres que en hombres, y un asombroso 9% mayor en personas menores de 65 años.
La tormenta perfectaEl mayor temor de los científicos en la actualidad son los llamados eventos meteorológicos compuestos. ¿Qué ocurre cuando una ola de calor extremo coincide con una sequía prolongada y un pico de contaminación por incendios forestales? El cuerpo humano se enfrenta a una superposición de estrés fisiológico: deshidratación, presión arterial alterada e inflamación sistémica al mismo tiempo.
Ante esta nueva realidad, los expertos abogan por integrar las alertas meteorológicas y de calidad del aire en los historiales médicos electrónicos. De este modo, los hospitales podrían prever picos de ingresos por ictus basándose en el pronóstico del tiempo, y los médicos podrían enviar advertencias automáticas a sus pacientes de alto riesgo para que extremen la hidratación o eviten salir a la calle.
La ciencia médica acaba de añadir un nuevo y desconcertante elemento a esta ecuación, uno que no podemos controlar: el pronóstico del tiempo. El clima extremo se ha convertido en un desencadenante clínico directo de emergencias cerebrales. Así lo confirma una reciente declaración de la Organización Mundial del Ictus, recogida en la revista en el International Journal of Stroke.
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