La flauta de Hamelín
La situación se resume en pocas palabras: a tres días para que abran los colegios electorales, los socialistas ya no saben qué hacer para conjurar el naufragio que auguran las encuestas (publicadas) y disimulan aquellas que no se cuentan ni en susurros a los camaradas de agrupación. Son peores de lo que los spin-doctors de Montero reconocen. Descontando la escenografía habitual, que se asemeja a los famosos moros de Queipo, los mismos siempre en todas partes, el PSOE andaluz, desde el 2018 una mera filial de Ferraz, está desaparecido en combate. Montero nunca fue una de los suyos: no tiene familia dentro del partido y ha hecho su carrera al margen de las sucesivas mayorías y minorías orgánicas, amparada en el ascendente institucional.
Ocho años después de perder el Quirinale , los socialistas no parecen capaces de movilizar –repárese en el matiz marcial del término, que es suyo– más que a sus dirigentes habituales, lo que causa entre frustración y melancolía a sus históricos, que vivieron los tiempos heroicos y saben (de sobra) que esos días no volverán. La campaña de la exvicepresidenta, a la que simbólicamente destituyó el Gran Laurel el día que adelantó los comicios, es una montaña rusa. Arrancó tarde, circula deprisa, muestra desconcierto y sigue una estrategia interruptus.
La reunión para que los expresidentes socialistas, incluidos los condenados por los ERE, respaldaran a la Todopoderosa no llegó a celebrarse. La visita de Illa (Salvador) a la Marisma para dar su taller sobre las bondades (meridionales) del cupo catalán se cayó de la agenda sin que nadie dijera nada. Y las expediciones de ministros (a los que nadie conoce, lo cual es una ventaja) son atrezo. Hasta los mítines con Sánchez como cabeza de cartel tienen sillas disponibles. Montero no suscita simpatías, cosa que todos –empezando por el presidente del Gobierno– ya sabían. Pero ninguno imaginó que el hundimiento pudiera acabar en debacle. San Telmo se ha esmerado en amplificar que Montero llamó “accidente laboral” en Canal Sur a la trágica muerte de los dos guardias civiles de Huelva. “Se hizo un lío después de que Maíllo hablara de las muertes en el tajo y, a continuación, lamentase la muerte de los agentes”, alega su fielato. Ella se ha retractado, pero la corriente de indignación ya es imposible de detener por Zapatero –non plus ultra– y hasta por el mismísimo Moisés. En el PSOE no entienden qué les sucede. No es difícil de adivinar: su otrora infalible flauta de Hamelín, la que durante casi cuatro décadas les garantizó la hegemonía en Andalucía, ya no funciona. Suena pero nadie la escucha. El Guadalquivir no es el río Wesner de la fábula. La candidata, salvo por su indumentaria –rojo pasión, verde esperanza–, no se parece al flautista de los Grimm. Y la sanidad en Andalucía, aunque deteriorada y con graves problemas, entre ellos los conciertos privados, continúa siendo pública. En el PSOE, la preocupación de hace quince días ahora es miedo. Moreno, en cambio, va a cerrar la campaña cantando su azucarado Kilómetro Sur .
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