Alan Greenspan, el profeta de la exuberancia irracional; el expresidente de la Reserva Federal falleció este lunes a los 100 años
"¿Cómo sabemos cuándo la exuberancia irracional ha escalado indebidamente los valores de los activos, que luego se convierten en objeto de contracciones inesperadas y prolongadas...? ¿Y cómo incorporamos esa evaluación en la política monetaria?".
Esa frase del 5 de diciembre de 1996 de Alan Greenspan, entonces presidente del sistema de la Reserva Federal (Fed, banca central de Estados Unidos), es un referente histórico que marca un rastro de lo que significó la entrada de la economía mundial a una nueva era por el uso de la internet, y hoy resuena de nuevo con el fallecimiento de Greenspan este lunes, a sus 100 años de edad.
Con esas palabras hacía referencia al crecimiento imparable para ese momento de las ganancias en los mercados financieros, en especial de las acciones de las novedosas empresas que surgían para aprovechar internet en los negocios.
La dijo en un discurso pronunciado ante el American Enterprise Institute, pero, como a Arquímedes, se le había ocurrido mientras tomaba un baño en su tina.
Este último era el ámbito apropiado de relajación para construir un mensaje que diera una advertencia de fondo a quienes participan en las transacciones de los mercados, sin sembrar el pánico. Las palabras terminaron trayendo pérdidas en las bolsas en las horas siguientes, pero pronto se olvidaron, y la exuberancia (o la irracionalidad) seguiría durante tres años más.
George W. Bush, presidente electo, reunido con Greenspan el 18 de diciembre de 2000. Foto:AFP
Greenspan es el segundo presidente de la Fed que más ha permanecido en ese cargo: 18 años y 5 meses; trabajó con cuatro presidentes, dos de ellos padre e hijo, George H. W. Bush y George W. Bush, además de Ronald Reagan y Bill Clilnton.
En ese cargo vivió la caída de las bolsas, que se precipitaron el llamado Lunes Negro, 19 de octubre de 1987; la crisis asiática y luego el estallido de la burbuja puntocom, a los tres años de haber previsto que algo así podría ocurrir.
Terminó su extensa gestión visto como héroe y también como villano: por contribuir a una expansión ininterrumpida de una década para su país, entre marzo de 1991 y marzo de 2001, pero también señalado como sospechoso de propiciar la crisis conocida como la Gran Recesión, que se desató en diciembre del 2007. Es, pues, ejemplo del papel y de la importancia de las decisiones que se toman en la banca central.
Muchos de los observadores que se refieren a la década de crecimiento y prosperidad hablan más de Greenspan que de los presidentes George Bush padre, que gobernaba en los dos primeros años de esa expansión, o de Bill Clinton, presidente en los ocho años siguientes.
Greenspan junto al presidente Bill Clinton en enero de 1999. Foto:AFP
Pero luego vendría la recesión que arrancó al final del 2007, y de nuevo se señaló a Greenspan como responsable, y no al presidente George Bush hijo. Y entre quienes lo condenaron probablemente había de los mismos que antes lo habían aplaudido, pero esta vez lo censuraban por haber hecho… ¡exactamente lo mismo que le valió ser el héroe de la expansión de los 90, la más larga en la historia estadounidense! Las decisiones con las tasas de interés en ambos periodos.
Para el auge de los años 90 fue clave la irrupción de la economía de internet. La red mundial de computadores permitió primero la comunicación global instantánea no solo de instituciones sino de empresas, incluso las pequeñas, y de los hogares y los consumidores. Ya para el cambio de milenio, productores y consumidores podían por primera vez en la historia comparar precios al instante, visitar tiendas o proveedores de todas partes sin costos de transporte y sin aguardar días o semanas por la información.
Los más optimistas pusieron en duda cimientos básicos y tradicionales de la economía, como la ley de los rendimientos decrecientes. Según esta, cuando la producción de una empresa llega a cierto punto, cada unidad adicional será cada vez más costosa, pues la capacidad de la empresa se ha copado, por lo que sería necesario una ampliación.
El término ‘nueva economía’ fue inventado por los periodistas estadounidenses, educados en el culto de lo ‘nuevo’.
Quienes prestaban servicios de internet, en cambio, sentían que podían atender un número infinito de clientes, por lo cual cada cliente adicional era más barato, representaba mayores ganancias. Había nacido, pues, la nueva economía. Ni más ni menos que la ideas de valor y precio habían sido revaluadas. Si vender unidades adicionales ya no era más costoso, los bienes que valen más ya no serían los más escasos sino los más abundantes.
Como dijo François Chesnais en el libro Une nouvelle phase du capitalisme?, “el término ‘nueva economía’ fue inventado por los periodistas estadounidenses, educados en el culto de lo ‘nuevo’, con el que alimentan el ‘imaginario’ de sus lectores. En este caso, la iniciativa surgió del semanario Business Week”.
El 12 de abril de 1996 se comenzaron a vender en la bolsa de Estados Unidos acciones de una empresa llamada Yahoo!. Cada acción valía dos dólares con 75 centavos. Sólo año y medio después las acciones valían más del doble, pero el tres de enero de 2000, menos de cuatro años después, valían 237 dólares con 50 centavos, más de 86 veces su precio original.
La locura y la irracionalidad llegó tan lejos, que según el Banco de Francia (banco emisor de ese país antes de la creación del euro) los préstamos concedidos por los bancos a los hogares franceses subieron 6,9 por ciento en 1999, en comparación con el incremento del 3 por ciento durante los tres años anteriores.
Según el banco central, ese crecimiento era en gran parte consecuencia de que las familias se estaban endeudando para comprar acciones de cualquier razón social terminada en ‘puntocom’. Cualquier tasa de interés que les cobraran por esas deudas era insignificante en comparación con la ganancia que las acciones iban a devolverles a los jugadores de la bolsa.
Los evangelistas de la nueva economía veían también una Sociedad de la información y del conocimiento, a diferencia de la ‘vieja’ economía, heredera de la Revolución Industrial, donde lo más importante eran las máquinas, los bienes de capital.
Veían, también, una economía sin fricciones, pues con internet se volvía real el modelo ideal de mercado y competencia, de una economía en donde la información fluía transparente y las empresas se ajustaban automáticamente a las condiciones cambiantes.
Alan Greenspan, compareciendo ante el Congreso de EE. UU.en febrero de 2001. Foto:AFP
A comienzos del año 2000, las palabras de Greenspan de tres navidades atrás ya se conectaban más con los hechos: en Estados Unidos se había acumulado un déficit financiero privado equivalente al tres por ciento del producto interno bruto, que es el nivel que se había observado en otras ocasiones justo antes de que la economía entrara en recesión. Esto significaba ya no eran tan abundantes los fondos disponibles para seguir financiando esa explosión de empresas nuevas y prestarle a la gente para que comprara acciones.
El 10 de marzo del año 2000, las acciones de las empresas de nuevas tecnologías, la mayoría de ellas de internet, llegaron a valer, en promedio, más de cuatro veces lo que valían dos años atrás. Pero desde ese momento, los precios de esas acciones comenzaron a caer.
El 18 de mayo de 2000 se supo de la primera quiebra de una puntocom importante. Boo.com, una firma que se dedicaba a vender ropa y artículos deportivos, y que tenía entre sus socios a inversionistas de ‘pedigrí’ como el francés Bernard Arnault, la familia italiana Benetton o el banco estadounidense de inversiones J. P. Morgan.
Y entre marzo de 2000 y el año 2001 ya se habían esfumado las ganancias de las acciones de las empresas puntocom, y de paso, para el 2001 terminaba la expansión de una década de la economía estadounidense.
Para ese prolongado lapso de prosperidad, la Fed, encabezada por Greenspan, había jugado un papel clave con su manejo de las tasas de interés, que se conjugó con las ganancias en productividad que fueron posibles por la integración de internet al mundo de los negocios.
Y al comenzar una recesión en el 2001, la primera en diez años, la Fed recurrió de nuevo a las decisiones con bajas tasas de interés para detener la contracción que se precipitaba con el fin del auge puntocom. Esas tasas, aseguran varias voces, serían la puerta de una crisis aún peor, que alcanzaría magnitud global.
Los intereses reducidos llevaron a que se ofrecieran préstamos para comprar viviendas asequibles a clientes sin suficientes ingresos. Clientes de segunda categoría, o subprime. Pero cuando pasó la recesión y el estancamiento, la Fed comenzó a subir sus tasas de interés de nuevo, en junio del 2004, y así lo hizo hasta el 2006. Hasta ese año Greenspan presidió el banco central estadounidense.
Las tasas de interés variables de los créditos subprime también subieron, y muchos clientes no pudieron pagar sus obligaciones.
Vino, pues, una crisis en varios pasos: en el primero, los clientes dejaron de pagar sus deudas hipotecarias, y empezaron a perder las viviendas. Esta fase fue evidente en 2007. En el segundo, vino la quiebra de bancos que habían invertido en bonos respaldados por las hipotecas subprime. En el tercero, llegó la recesión, desde diciembre del 2007 en Estados Unidos, hasta junio del 2009, año en el que el fenómeno ya era global.
Tras su papel de héroe, a Greenspan le pusieron sobre sus hombros la carga de ser uno de los villanos de semejante descalabro mundial. En su defensa, Greenspan escribió que desde el año 2002 ya no había relación entre las tasas de la Fed y las de los préstamos hipotecarios. Por lo tanto, los cambios que hiciera el banco central en sus tasas no hubieran tenido efectos en el mercado de vivienda.
La exuberancia irracional tuvo pues una versión en la fiebre inmobiliaria cuya propia burbuja habría de estallar como tiempo atrás lo hizo la de las puntocom.
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