Luis Landero: «En el camino del progreso se han perdido muchas cosas»

En la casa de Luis Landero (Alburquerque, 1948) hay gotelé y libros: está todo bien. En el balcón hay plantas y un naranjo todavía pequeño, como si el campo tuviera su pequeña parcela aquí. Landero es uno de esos hombres que disfrutan de esa ... pachorra de ver caer las frutas y crecer de las plantas, que en este piso parecen felices. Son las doce de la mañana cuando abre la puerta y los brazos y ofrece una bebida: hoy toca chato de vino. Su salón es todo luz. Hay tanta luz que es bonito hasta el gotelé.
Lo último de Landero (ya saben, premio nacional de Narrativa y de las Letras y de muchas otras cosas) se llama 'Balcón de invierno' (Tusquets), una novela donde unos cuantos personajes se quedan incomunicados por la nevada de Filomena y matan las horas contando historias, como el escritor hacía en su infancia. «A mí me gustó Filomena, como yo vivo normalmente confinado… Este es mi estado natural. Salgo muy poco. Con la Filomena tenía un pretexto estupendo para no salir. Y con el apagón también. En mi pueblo de niño no había luz eléctrica, de manera que no me pilló de nuevas», dice, mientras ríe bajito. Da gusto pensar en el invierno en medio de una ola de calor: pensamiento acondicionado (y gratis).
—Lleva mucho tiempo viviendo en Madrid, ¿no?
—Sí, sí, aunque tengo la casa en el pueblo y vamos de vez en cuando. Yo en realidad soy de pueblo. Tengo mi pueblo, que es Alburquerque, y en Madrid tengo otros dos pueblos: la Prospe [Prosperidad], que es el barrio de mi adolescencia y juventud, y luego Chamberí. Y cuando vivía en París mi pueblo era Montmartre. Quiero decir que soy de territorios pequeños.
—En París se ganaba la vida como guitarrista flamenco.
—Sí, fue justo cuando terminé Filología en la universidad. Como no tenía nada que hacer, y como en aquellos tiempos además para ser escritor había que irse a París, pues me fui. Tocaba la guitarra en un restaurante español. Y allí escribía.
—Ha dicho muchas veces que ha llegado a todo tarde: a los libros, a la universidad, a la guitarra, a la publicación.
—Pero a la escritura no, la escritura fue una cosa precoz, porque empecé a escribir con quince años y no dejé de escribir nunca. Aunque publiqué tarde. Sí… He ido llegando tarde a los sitios, pero está bien. Está bien llegar tarde.
—Pero hoy vivimos en la prisa.
—Se está perdiendo la lentitud, que es fundamental para la vida. Sin lentitud el conocimiento se atrofia y la mente se atrofia: es una desgracia. Leer un libro exige lentitud y entrena en la lentitud. Y actualmente se lee bastante en España, no nos podemos quejar de lo que se lee: parece que hay como una reacción... Yo quiero verlo o necesito que ocurra: una reacción contra la tiranía del móvil y contra las prisas y contra esas píldoras que consumimos. De TikTok, de Whatsapp.
«Sin lentitud el conocimiento se atrofia y la mente se atrofia: es una desgracia»
—Es difícil no leer 'Balcón de invierno' como un canto a aquella España que todavía se sentaba a contarse historias.
—Hubo un tiempo en que no había otra manera de entretenerse que hablar. La gente hacía corros, en el invierno se reunían al lado de la lumbre, y hablaban: de esto, de lo otro, de aquello. Todos los que tienen mi edad han conocido esto. Luego llegó la televisión y los corros desaparecieron, claro.
—Todos sus personajes hablan muy bien: ya nadie habla así.
—Yo es que tuve la suerte de oír hablar muy bien a la gente en mi infancia, porque yo vengo de una familia campesina. Y en mi familia, que eran muchos, entre abuelos, primos, tíos y demás, todos hablaban muy bien, porque eran campesinos que respetaban mucho la cultura, a pesar de que ellos no la tenían, porque no habían podido ir a la escuela y muchos eran analfabetos. Pero la respetaban y se esmeraban en hablar bien. Y claro, hablaban en el mismo molde en que habían oído hablar a sus mayores, y eso venía rebotando a través de los siglos, de manera que cuando yo leía los clásicos españoles decía: coño, si esto casi parece como hablaban mis abuelos, mis padres… Ese es el verdadero genio del lenguaje popular. No del lenguaje vulgar, sino del lenguaje popular. Tuve la suerte de heredar eso, la cultura hablada, y luego la cultura escrita, la alta cultura. Y lo que yo intento es fusionar las dos. Eso es lo que vemos en 'La Celestina', en el 'Lazarillo', en el 'Quijote', en Galdós, en Rulfo, en Valle. Ellos consiguen un equilibrio milagroso entre lo culto y lo popular; en ellos, lo culto parece popular y lo popular parece culto. Para mí esa es la mejor receta literaria.
—Hay una palabra que odia: bocadillo.
—Sí [y ríe]. Es por un recuerdo traumático, de cuando me mandaron al internado a Madrid. Yo la palabra bocadillo no la conocía: en el mundo campesino no existía. Allí lo que merendabas era un cacho pan y queso, un cacho pan y chorizo, pero no un bocadillo. Y entonces me dijeron eso en el colegio: ¿quieres un bocadillo? Y fue cuando fui consciente de que ese mundo no era mi mundo, empecé a sentir una gran nostalgia, no solamente de las personas, de mis padres, de mis abuelos, de mi calle, de mi gente, del campo, sino también del gato, por ejemplo, del perro que teníamos en el campo, de todas estas cosas. Yo tendría ocho años.
—¿Ese desarraigo alimenta la literatura?
—Puede alimentarla… O no. La literatura también se puede alimentar del psicoanálisis [y vuelve a reír]. Se puede alimentar de muchas cosas. Yo estoy contento con eso, ha sido un privilegio el haber vivido los dos mundos, el campesino y el industrial, el rural y el urbano. Son dos mundos muy distintos. De Alburquerque a Madrid se tardaban once o doce horas en tren, pero era como pasar de un siglo a otro. Como pasar del siglo XIX al siglo XX [deja un silencio]. Y lo que yo siento ahora es otro tipo de desarraigo, que para mí es más profundo y es más preocupante, que es el desarraigo con mi época. Me siento desarraigado en el tiempo, porque mi mundo es el mundo de los tres mil años de cultura europea, y ese mundo se va como difuminando. Como vivimos tan apegados a la actualidad, ese mundo va desapareciendo, incluso en las escuelas ya está un poco borroso. ¿A quién le interesa Montaigne, Platón, Thomas Mann? Me siento un poco ajeno a este mundo.
—¿Siente pena por ese mundo perdido del rural?
—Hombre, en parte no porque hemos mejorado mucho. Y la España de entonces era una dictadura. Pero en el camino del progreso se han perdido muchas cosas. La llegada de internet fue lo que descatalogó muchas cosas del pasado, y efectivamente se perdió todo ese mundo oral, se perdió la cultura campesina, que es una cultura milenaria. Esto John Berger lo cuenta muy bien en 'Puerca Tierra', porque esto ha desaparecido no solamente en España, sino en todas partes. Es una desgracia. Es una pérdida mayor que el incendio de la biblioteca de Alejandría. John Berger decía: cada vez que muere un viejo en África, es como si muriese una biblioteca. Yo siento lo mismo cuando pienso en mi abuela, que era analfabeta, pero también era una biblioteca andante. De canciones, de refranes, de cosas. Todo ese pasado ha desaparecido. Ahora vivimos en una isla, que es la isla de la actualidad. Ese cordón umbilical con el pasado se ha roto.
—También ha desaparecido un lenguaje, un fraseo.
—En el siglo XVI hablaba muy bien: el lenguaje estaba recién inventado, como quien dice. Y en las crónicas notariales, por ejemplo, donde declaraban gente analfabeta y los secretarios iban tomando nota… Qué bien hablaban. Y esto fue así hasta hace no tanto. Pero lo que se ha impuesto es el lenguaje estándar de la comunicación, de los locutores. Es un lenguaje correcto, pero diríase que no tiene alma, como que es un lenguaje seco, sin vida, sin expresividad. Es un lenguaje técnico.
—¿Cómo ha cambiado su lenguaje después de tantos años escribiendo?
—Esencialmente es la misma escritura, pero sí que es verdad que intento ir hacia una cosa más esencial, una escritura como más transparente, más precisa. En mis primeras novelas no era así. Pero tampoco eso es malo. Aquí hay un malentendido. Se piensa que lo barroco es es es malo y lo otro, la desnudez estilística, lo bueno. Pero si lees a Alejo Carpentier, por ejemplo, te das cuenta que tiene un ritmo fascinante por muy barroco que sea: es una maravilla cómo fluye eso. Y luego lees novelas de aparente desnudez estilística que son un coñazo. El ritmo no depende exactamente del caudal retórico que tenga la expresión [deja un silencio]. Yo siempre quiero que mis páginas tengan un resplandor, pero discreto. Que no se note mucho. Recuerdo que cuando empecé a escribir, por ejemplo, en 'Juegos de la edad tardía', había algunas páginas que sí que exigían que ese resplandor se viese. Quería que la gente notase que yo escribía bien. Ahora quiero que intuya que ahí hay algo, algo llamado literatura.
—Por cierto: en la adolescencia fue poeta.
—Me gustaba el cine negro, el tabaco rubio y la poesía [y ríe]. Igual que Don Quijote imitaba a Amadís, nosotros imitábamos a Humphrey Bogart: nos subíamos el cuello de la gabardina a la salida del cine, nos encendíamos un cigarrillo y mirábamos a las chavalas [ahora suelta una carcajada]. Yo el amor lo conocí en mi adolescencia, pero como catástrofe sentimental. Pero claro, era lo que demandaban Espronceda, Becker, Neruda, Juan Ramón Jiménez y todos estos. Me decían: chaval, tienes que enamorarte como nosotros, necesitas amores desesperados y amadas imposibles. Entonces yo me enamoraba, pero me enamoraba literariamente, me enamoraba porque había que enamorarse. Yo creo que me enamoraba para poder escribir poesía, para poder escribir poemas desesperados.
—Pero nunca ha publicado poemas.
—No, no, no. Escribí cientos y cientos de poemas, muchos cientos, pero los rompí todos. No se perdió nada, eh.
«Yo me enamoraba para poder escribir poesía»
—Hay una idea que recorre 'Balcón de invierno': la certeza de que todo el mundo tiene una novela, por muy aburrida que haya sido su vida. Eso forma parte de su poética, también.
—Casi nadie tiene grandes aventuras, no somos Simbad, pero nos han pasado pequeñas cosas importantes, cosas que se nos han quedado en el alma, que se nos han quedado ahí grabadas en la memoria. Todos tenemos cosas que contar, claro que sí, todos tenemos alma de narradores. Y si observáramos más y si pensáramos más y si le dedicáramos tiempo a evocar nuestro pasado descubriríamos grandes cosas. Cosas que ni sospechábamos que estaban ahí. Con concentración, con soledad y con lentitud todo eso sale a la luz. Todos tenemos cosas que contar porque la vida está llena de lances; es pura narrativa, la vida. Pero las cosas que nos pasan, el pasado, se lo tenemos que pelear al olvido, que lo va destruyendo.
—O sea: es un esfuerzo.
—Hay que currárselo, sí. Una de las formas de cultivar la memoria es la escritura, pero no por escribir bien ni por ser escritor, sino por entrenarte en el arte de concentrarte, en el arte de dejar que sin prisas el pensamiento vaya buscando sus caminos, la intuición, los sentidos, porque también en la escritura participan los cinco sentidos, y de qué manera. Los sentidos recuerdan a veces… Siento que estamos perdiéndonos un mundo muy rico que somos nosotros mismos: indagar en nosotros mismos, ensoñar, perderte en la ensoñación mientras paseas. Nos estamos perdiendo muchas cosas con todo esto del móvil y todas estas chorradas. Pero eso no es de ahora: es de siempre.
—Al leerle, parece que es la prosa la que le va llevando a usted por la historia, y no al revés.
—Lo bueno de escribir es que no es previsible, salvo en los 'best sellers', donde hay una escaleta. En los 'best sellers' la escritura es puro trabajo administrativo. Pero yo detesto eso: el lenguaje tiene que ser creativo. El propio lenguaje te incita, enciende tu imaginación, te inspira, las propias palabras te van llevando de una cosa a otra y entonces van surgiendo en ti cosas que tú no sabías que estaban dentro de ti. Y que son mejores que tú, porque lo que uno escribe es superior a lo que uno es, debe ser superior a lo que uno es. Yo espero que mis libros valgan más que yo.
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