Héctor Gutiérrez y la renovación del escalafón

El espíritu de la Chenel es rescatar toreros que saben torear pero están en un injusto banquillo. Pues en San Martín dieron un importante golpe sobre la mesa Héctor Gutiérrez, Fernando Plaza y Mario Navas, tres toreros con capacidad de ser alguien en esta ... profesión y ganas de conseguirlo. Una pérdida sería para el aficionado si los tres no pasan a funcionar tras la noche de la última de la segunda fase del certamen, en la que uno quedará eliminado; no así del radar de los aficionados, y no debiera de los empresarios. Porque este cartel bien podría darse en San Isidro. Ninguno de ellos ha confirmado en Madrid, pero los tres lo merecen.
Era, además, una corrida que celebraba el quinientos aniversario de la primera corrida en México. Banderas aztecas y españolas engalanaban la plaza, en la que el claro triunfador fue el hidrocálido Héctor Gutiérrez. Ya había mostrado valor su primera tarde, en la que debutó en ruedos españoles (y en la que compartió cartel con Navas), pero la nocturna de este sábado le permitió torear a gusto. Y que el público español viera sus buenas maneras, como ya se vio de capa. Las verónicas de recibo al primero fueron buenísimas, en especial dos por el derecho y la preciosa larga de remate, con el toro siguiendo los vuelos. Por bajo comenzó el mexicano, toreando con profundidad, mientras Cocinerito seguía los vuelos de la muleta. Héctor cuajó al natural al adolfo, de embestida mexicana, siempre despacito y con calidad, aunque sin mucho motor. «¡Qué viva Aguascalientes!», mientras el torero aprovechaba esa lentitud en la acometida del toro, al que fue haciendo hasta apretarle en el final de faena. Para rematar, se volcó con la espada y cortó la primera oreja, que podrían haber sido, perfectamente, dos.
Al igual que de dos estuvo con el cuarto, un toro con el que comenzó la faena dejando verdaderos carteles de toros hasta los medios. La primera tanda por la diestra fue templadísima, con una trincherilla de ponerse en pie. Durante la obra, tiró de la embestida de Bastonete en todo momento, robándole los muletazos, ya que el toro salió siempre desentendido, aunque era noblote y más suave que sus hermanos. Un cambio de mano («a lo Talavante», comentaba una aficionada) habría puesto en pie Madrid, y los naturales a pies juntos fueron de categoría. Y con la misma elegancia torera se lo cerró, con más remates bellísimos. Estuvo tan por encima y fácil con el animal que daba gusto verlo. La estocada, al encuentro, fue sensacional, pero volvió a asomar sólo un rácano pañuelo del palco.
Tras el mexicano fue el turno de Fernando Plaza, que cuesta creer que lleve tres años sin torear. Y cuesta creerlo porque tiene una facilidad innata que hace parecer que lleva ya quince paseíllos (y debería llevarlos). Su primer toro fue un castillejo que salió embistiendo recto y a su aire. Sin humillar nada llegó a la pañosa del madrileño, que le ofrecía el engaño con firmeza y temple. Ilusionista salía desentendido, no decía nada, era bruto y sólo echaba la cara arriba. Su única virtud era cierta movilidad, pero tan sumamente ayuna de casta... un zambombo en plena regla. Ni un pero se puede poner a la actuación del madrileño. El desagradable defecto de echar la cara arriba lo mantuvo hasta el final, tanto en la suerte suprema, donde enterró el acero con mérito, como con el descabello, donde se atascó.
El quinto fue Carpintero, que embistió con fuerza en el capote pero haciendo regates que ni Pelé, y durante la lidia se mostró zapatillero. Al centro del ruedo se fue Plaza a brindar a los presentes, antes de dejar un gran inicio doblándose con él. Interés había despertado el animal durante la lidia, porque tenía trasmisión y peligro, y se notaba al público muy metido en la faena cuando pegó dos naturales extraordinarios el torero, antes de que el toro se le quedara debajo en un pase de pecho. Después pasó a tener una embestida más anodina por ese pitón, y ponerse muy complicado por el derecho, por donde buscaba descaradamente a Plaza, que aguantó parones con mucho mérito, mostrándose valentísimo. Muy por encima estuvo con un animal que se vino muy abajo. Terminó por naturales a pies juntos extraordinarios, de uno en uno, buscando la colocación y echando los vuelos. Imposible pegar muletazos más bonitos a ese adolfo. La faena fue importante, y, aunque el acero no entrara a la primera, se había ganado una oreja.
-
Sábado, 27 de junio de 2026. Más de media entrada. Toros de Adolfo Martín (1º -aplaudido en el arrastre-, 5º y 6º), Castillejo de Huebra (2º bis, 3º y 4º) y José Manuel Sánchez (2º). Tras finalizar el paseíllo sonaron los himnos de México y España.
-
Héctor Gutiérrez, de blanco y oro. Estocada delantera y perpendicular y descabello (oreja). Estocada (rácana oreja).
-
Fernando Plaza, de blanco y oro. Estocada atravesada y varios descabellos (silencio). Pinchazo, estocada atravesada y dos descabellos (vuelta).
-
Mario Navas, de grana y oro. Cuatro pinchazos y estocada delanterita, perpendicular varios descabellos (silencio). Casi media caidilla y delantera y estocada delanterita (oreja).
-
Premio que sí paseó Mario Navas con el sexto, un adolfo que no humillaba y embestía recto, deslucido por el derecho y que se movía algo con el izquierdo. El inicio, rodilla en tierra sacándose a Baratillo, fue torerísimo. El trazo del muletazo que podía dibujar Navas era precioso, pero luego el toro iba de aquella manera, y encima el animal se le quedaba debajo en más de una ocasión, librándose porque estuvo rápido y sin perder ni un segundo de vista al adolfo. Se tiró a matar recto como una vela, y se llevó un pitonazo en el pecho en el segundo encuentro del que se dolía cuando cayó en animal en cuestión de segundos.
Esa misma claridad de ideas se le había visto en el tercero, un castillejo muy grandón, que le echaba la cara arriba, al que salió a recibir sin probaturas Mario. No es que salieran limpios todos los lances de salida, ni tampoco los del quite, pero compone tan bien el vallisoletano, que salía el 'olé' antes de que terminar el capotazo. Lo que sí salió perfecto y precioso fue le galleo por chicuelinas para dejar al toro al caballo. Y así de feo embistió, encima sin recorrido. Carterista embestía muy desclasado, descompuesto y sin recorrido, siendo imposible para el lucimiento, que buscó con más garbo que limpieza -por la condición del animal- el vallisoletano, que sí dejó sus perlas toreras. Y ese defecto de pegar un gañafón lo tuvo hasta el final, pegándole dos golpes en el pecho en la suerte suprema, porque intentó siempre matarlo por arriba, cosa que también hay que valorar.
Y cerca de las doce de la noche se echó el último animal, al que, como decíamos, Navas cortó una oreja. Una noche con tres toreros que quieren y pueden ser, si el toro y los despachos les respetan, como se vienen ganando en la competición. La Copa terminará, sólo habrá un vencedor (también han pasado toreros que deben funcionar cono Diosleguarde o Cortés a las semifinales), pero ninguno de los tres debe caer en el olvido, porque son el futuro de la Fiesta y la renovación que el escalafón necesita.
ABC.es


