Filmó con un viejo celular y la película parece una acuarela: Alexandre Koberidze y la belleza de una imagen pobre

En agosto del año pasado, se estrenó en Locarno la singular y encantada tercera película de Alexandre Koberidze. Hojas secas es tan desafiante como afable. ¿A quién se le ocurre hacer una película con un celular Sony Ericsson vetusto? El cineasta georgiano prefirió que sus imágenes no fueran copias hiperrealistas del entorno, sino figuras evanescentes del mundo circundante, como si el teléfono empleado fuera un salvoconducto estético hacia una expresión en la que el cine está a poca distancia de la pintura. ¿Son planos acuarelas?
En efecto, el pixelado tiende a confundirse con el trazo de un pincel; las huellas de lo real se difuminan a favor de una experiencia poética del mundo. En Hojas secas hay planos indelebles del viento, otros misteriosos con caballos y vacas, también algunos con perros que cifran el cariño del cineasta por las criaturas del dominio animal; la limpieza automática de un automóvil, vista desde el interior, transforma el parabrisas en una tela y sobre ella se entreven figuras que evocan algún cuadro de Mark Rothko. La dimensión poética es ubicua, y es sobre ese tono general donde se desarrolla un relato simple: un padre sale en busca de su hija, quien ha dejado con aviso su casa, pero sin explicaciones sobre en dónde estará. Hay indicios, alguna pista. Después de un tiempo, el padre sale con su auto, junto con un amigo, y así recorren distintas geografías rurales de un país ignoto entre nosotros tratando de atacar cabos.
Hojas secas está en las antípodas de Sîrat, otra película reciente en la que un padre sale a buscar a su hija por el desierto marroquí; el misticismo siniestro de aquella está felizmente ausente en la película de Koberidze, quien prefiere un mundo susceptible de despertar el asombro, un mundo en el que la amabilidad y la confianza todavía pueden definir las conductas humanas y la experiencia de vivir.
Film "Hojas secas", de Alexandre Koberidze.–Su amor por el fútbol sudamericano lo llevó a elegir un título que evoca una forma de golpear la pelota. Su película anterior también estaba vinculada al gesto recurrente de Messi después de hacer un gol y mirar al cielo. ¿A qué responde esta intersección entre fútbol y cine? La película también incluye un retrato de Maradona.
–El cine es lo que amo, lo que miro y lo que hago. El fútbol es lo que amo, lo que miro y lo que no hago. Y extraño hacerlo. Antes de dormirme, lo último que veo es que hago un pase hermoso, todas las noches. Así que creo que, por un lado, compenso con mis películas lo que falta en mi vida. Pero, por supuesto, no es solo eso. El cine busca capturar impresiones fugaces, movimientos únicos e irrepetibles, los ritmos elusivos de la existencia; y cuando mirás fútbol, lo experimentás todo en vivo y de manera improvisada.
–La película comienza con un padre que busca a su hija, que se fue sin decir adónde. Esto le permitió a usted viajar por muchas regiones de Georgia. ¿Qué buscaba y qué encontró a medida que avanzaba en la ficción?
–No creo que estuviera buscando algo en particular. Es como entrar en un bosque, en una dirección por la que no has ido antes. Se espera ver algo hermoso, descubrir un lugar nuevo al que te gustaría volver y quizás mostrárselo a otras personas. Uno espera encontrar un manantial, y en algún lugar profundo del corazón también es bienvenido perderse; y eso, quizás, implica también esperar por un final tranquilo. Dar vueltas en círculos es otra posibilidad, también lo es cruzarse con un viajero o incluso con un oso en un lugar donde se creía que nadie había estado antes. Al final, es un encuentro con uno, aunque ya no se trata exactamente de quién eras antes de salir. A diferencia del fútbol, el cine es muchas veces un asunto egoísta; acá no se tiene a nadie para darle un pase, al menos mientras se está filmando y editando.
–El suspenso emocional sobre si el padre y la hija se reencontrarán se contrapone con una representación bucólica de la vida animal y el mundo natural. Son dos ritmos de la película. ¿Esto tiene algo que ver con algunos de los primeros cortometrajes de Iosseliani?
–Todo tiene que ver con Iosseliani cuando se intenta hacer películas y quien está detrás de cámara es georgiano. Los animales son objetos de fascinación. Cuando observo a una vaca o un cerdo, me invade un sentido de asombro; me siento feliz y triste al mismo tiempo, y no sé qué hacer. Y así ha ido transcurriendo mi vida. Cada vez que no sé qué hacer, hago una película.
Film "Hojas secas", de Alexandre Koberidze.–Hay algo que permanece fuera de campo, pero la impresión es que algo no está bien en Georgia; se puede intuir alguna que otra cosa a través del abandono de las canchas de fútbol y otros edificios públicos. ¿Es una sobreinterpretación?
–No, por supuesto que no. Empecé a trabajar en la película cuando pensé que la situación en el país era absolutamente terrible, y cuando la terminé, las cosas habían empeorado de tal manera que nunca lo hubiera podido imaginar. Nuestro gobierno, que está cumpliendo las órdenes de Rusia, ha destruido cada pequeño paso de progreso logrado desde que obtuvimos la independencia en los años noventa. Afecta a todos y a todo. Históricamente, Rusia ha querido poseernos o tenernos como un vecino subdesarrollado y desorganizado. Es muy fácil destruirnos. Un muy buen y simbólico ejemplo es el monasterio de Gelati del siglo XII. Siempre ha sido un símbolo de progreso y aprendizaje, y en los últimos años, algo que ha sobrevivido durante diez siglos ha sido destruido como por casualidad, pero estoy seguro de que fue deliberadamente atacado. Cuando todo eso sucede, pasa a formar parte de la película, esté o no en la narración.
–La música es clave en la película. ¿Qué impacto tuvo en la construcción del relato?
–La música fue absolutamente crucial. En el material, donde casi no tenía herramientas dramáticas para unir todo, la música asumió esa responsabilidad. Es la columna vertebral de la película, el hilo que cose todo junto. La primera escena que edité la trabajé junto con la música, y eso estableció el ritmo de toda la película. Y, en esta película, el ritmo es esencial.
–Es consciente de que vivimos en un régimen audiovisual en el que la nitidez y el brillo son imperativos técnicos y estéticos. Filmó con un teléfono móvil obsoleto. Las imágenes están pixeladas, a veces cuesta inclusos discernir qué hay en la pantalla. ¿Cuál es la razón de esta decisión?
–Mi interés por la cámara y por las imágenes que produce comenzó cuando saqué mi primera fotografía. Me gustó mucho el resultado. Era 2008; tenía 23 años y nunca antes me había gustado una fotografía sacada por mí. Esa sensación de que yo también podía crear algo hermoso me conmovió tan profundamente que todavía hoy vivo esa fascinación. Se convirtió en una obsesión. La cámara se convirtió en una parte de mi vida como ninguna otra cosa jamás lo ha sido. Aunque puede que no haya sido la intención del fabricante, la cámara establece un equilibrio fascinante entre cuánta información revela y cuánta permanece oculta. Esos espacios vacíos son los que se comparten con el espectador. Se dice que es una imagen pobre. Pero, como en la vida real, son los pobres los que prefieren compartir, no los ricos.
–¿Sigue pensando filmar en Rosario una película sobre Gato Barbieri?
–No se trata solo de Gato Barbieri, sino también de otros hijos de esta hermosa ciudad. O, mejor dicho, los personajes famosos de Rosario nos llevan allí, pero lo que realmente queremos hacer es observar la vida cotidiana de las personas que están a punto de enamorarse. Aunque ahora estoy trabajando en otra película, pienso en la de Rosario todos los días y no veo la hora de hacerla.
*Hojas secas se presenta 2, 3, 4 y 7 de julio, a las 19.50; y el 5, 8 y 11 de julio, a las 17, en la Sala Lugones del Teatro San Martín, Corrientes 1530.
Clarin



