Filmar al padre, encontrar al artista: Carlos Saura en la lente de su hija

Hay historias contadas una y mil veces como la de Carlos Saura. Una de las figuras descollantes del Nuevo Cine Español, Saura empieza a filmar películas crudas contra (y alrededor, y entre los pliegues de) la censura franquista. A finales de los 60, traza dos alianzas estratégicas: una con el productor Elías Querejeta y otra con Geraldine Chaplin, quien sería su pareja y actriz durante más de diez años. Junto a ellos realiza Peppermint Frappé, Ana y los lobos o Cría cuervos. Finalizado el franquismo, Saura emprende otro de sus conocidos giros estéticos y comienza un ciclo flamenco que desconcierta a una buena parte de sus seguidores. Para el público no español, su trayectoria se diluye en los 90 en medio de proyectos poco conocidos y de sus incursiones en otras artes. Lejos del estrellato que supo labrarse en los 70, Saura sostiene, no obstante, un ritmo creativo furioso hasta su muerte en 2023, a los 91 años.
Ese niño de la fotografía, de su hija Anna Saura, también directora, se detiene en esos años finales y esboza un retrato distinto, lejos de cualquier historiografía oficial. Anna no filma tanto al cineasta como al padre y al artista multimedia. Sus grabaciones permiten ensamblar un rostro nuevo, el de un Saura obsesionado con las máquinas de fotos, absorbido por tareas creativas de todo tipo, por encargos y actividades que se le acumulan. Un Saura vital y un poco infantil que afronta la vejez y sus achaques con un ánimo risueño, como si estuviera siempre a punto de cometer una diablura. Revista Ñ conversó con Anna Saura sobre Ese niño de la fotografía después de su paso por la última edición del Bafici y cuyo estreno comercial está previsto para noviembre.
–¿Cuándo te pareció que en tus filmaciones caseras podía llegar a haber una película?
–La idea del documental aparece en sus últimos meses. Hasta ese momento yo lo grababa para tener testimonio de cómo era su día a día, cómo era él como persona. Pero no había un objetivo claro: él seguía muy activo dirigiendo una ópera, una obra de teatro, editando un libro… No tenía sentido hacer un documental suyo, como si él no estuviera aquí. Fue casi un año después de su muerte cuando comenzamos con el proceso de transformar esas grabaciones en una película.
–El film no es un documental institucional, se parece más bien a una home movie. El recorrido “oficial” por sus películas queda en segundo plano: lo que importa son los momentos familiares, cómo vos lo filmás a él.
–No quería hacer lo mismo que Wikipedia o Google, me interesaba contar cómo era él en su intimidad, en sus momentos de creación. Cómo afrontaba el final de su vida, con tanta pasión, tanta vitalidad. En el montaje trabajamos mucho esto: el primer corte de la película era mucho más académico. Después decidimos ir hacia el plano más personal, que es también el menos conocido, y que termina siendo el gran valor del film: el acceso a estas grabaciones inéditas. En algún momento pensamos en entrevistar a personas para que hablaran de él, pero mientras revisaba todos los materiales filmados, me daba cuenta de que eso no funcionaba, que había que mostrar cómo era mi padre, cómo era Carlos, más allá del director que cambió el cine español.
"Ese niño de la fotografía", de Anna Saura. –Es curioso que el cine, que es por lo cual se lo conoce en todo el mundo, esté tan fuera de escena. En la película se lo ve haciendo otras cosas, como las acuarelas (que llama “dibujitos”), sacando fotografías (también las interviene), escuchando mucha música, dirigiendo teatro.
–Él decía que se dedicaba al cine porque aunaba todas las artes que le gustaban. En realidad, era mucho más fotógrafo que cineasta. Le gustaba mucho hacer fotos, dibujar, escribir y todo lo que implicara algún tipo de trabajo manual. No era como esos directores que solo hacen cine, y eso quería mostrar yo: el retrato de una persona que se levanta, pinta, da un paseo, pasa el tiempo con su perro y con su gato, hace un video, saca fotos, está con sus amigos…
–El documental lo muestra hablando de cine algunas veces, pero casi no menciona a otros cineastas. El único, al que invoca varias veces, es Luis Buñuel, del que se sabe que era admirador y a quien le dedicó Peppermint Frappé.
–Buñuel siempre fue su gran referente, lo admiraba. Se hicieron amigos y confidentes. Buñuel le llegó a decir que si le pasaba algo y dejaba una película a medias tenía que ser él (Saura) quien la terminara. Lo veía casi como a su discípulo. Pero también le encantaba, por ejemplo, Chaplin. Lo último que pudo ver en su casa fueron los primeros cortos de Chaplin. Tenía un gusto muy ecléctico, veía a Kurosawa pero también Jurassic World de (Juan Antonio) Bayona. Le encantaba una película de Bergman pero también Megalodón, que fue lo último que vimos en cine. Estaba abierto a todo. Y le interesaba mucho el cine contemporáneo hecho con efectos digitales, no porque quisiera filmar eso, sino porque lo atraían las nuevas tecnologías, que fue algo con lo que experimentó siempre.
A Carlos Saura le gustaban las cámaras de foto. Foto: AFP–Bueno, si algo comparten Chaplin, su Carmen y Megalodón tal vez sea la idea del cine como espectáculo, como medio productor de asombro.
–Sí, y le gustaba mucho el arte que había detrás de todo eso, sea Chaplin contando una historia o la confección de los efectos digitales, sin importar si el trabajo era manual, de invención, del ingenio. Desde pequeño, tuvo mucho contacto con las artes plásticas: su hermano (Antonio Saura) era pintor, su madre pianista, y ya dibujaba y sacaba fotos. De grande insistía con que las actividades manuales eran una forma de mantener la mente activa.
Film "Ese niño de la fotografía". –Tu padre se fotografiaba y se filmaba mucho, de manera obsesiva, como si se hubiera adelantado varias décadas al auge de la selfie. En las grabaciones viejas siempre empieza indicando el día y la hora. En tus filmaciones ocurre lo mismo, solo que se lo preguntás vos a él: “¿qué día es hoy?”. El efecto es extraño, como si el padre hubiera comenzado un diario que termina finalizando la hija.
–Lo hemos descubierto en el montaje, ha sido increíble. Nunca lo grabé pensando en eso. Quedó bonito porque fue algo casual, involuntario. Es como una especie de magia del documental, y también la huella que dejan los padres en la formación personal.
Clarin



