El puer eterno, la adolescencia extendida, el miedo a crecer y sus consecuencias

El ciclo de las estaciones es un fenómeno natural que se mueve del florecimiento en primavera al decaimiento en otoño, para luego resurgir nuevamente. Amanecer y atardecer. En la naturaleza todo experimenta este proceso, incluido el ser humano. Pero por alguna razón esto genera resistencias, y parece cada vez mas común intentar burlar el paso del tiempo y la vejez.
¿Por qué oponerse al flujo de la existencia que incluye estos dos polos?
Como idea arquetípica, la juventud eterna esta presente desde los inicios de la civilización humana. El término "puer" es usado para nombrar al niño dios, al mesías y a aquellas figuras divinas de la antigüedad asociadas a la renovación del mundo y la regeneración de la vida, como Eros, Dionisio o el mismísimo Apolo. Estos personajes míticos sugieren que no todo en el ser humano es material, sino que existe otra dimensión que no envejece ni muere, como sí lo hace el cuerpo. Asociado a la rebeldía y al juego, la imagen mitológica del puer nos reconecta con un valor que tuvimos de niños y su mensaje puede ser altamente compensatorio y sanador. Nos recuerda que la creatividad y la osadía para encarar riesgos, en esencia, no dependen de la edad sino de la actitud.
El célebre psiquiatra Carl G. Jung sostenía que el plano mítico y el concreto coinciden simbólicamente, por eso investigó las producciones culturales colectivas, como mitos y textos sagrados, y las producciones oníricas individuales, como sueños y fantasías, para comprender el alma humana y nuestros conflictos mas profundos y apremiantes.
Hoy encontramos cada vez más personas que no quieren crecer, que rechazan el compromiso y mantienen intenciones y caprichos propios de un adolescente en etapas posteriores de la vida. En el libro El Puer Aeternus, Marie-Louise von Franz, alumna y colaboradora de Jung, lo define como un tipo particular de neurosis en donde aquellos individuos que se niegan a crecer viven una “vida provisional”, en la eterna espera de mejores condiciones para finalmente desplegar la totalidad de su ser, que por cierto consideran muy especial.
Tanto hombres como mujeres con este perfil temen perder opciones y quedar así atrapados a algo, por eso evitan cualquier compromiso. No suelen reparar en las consecuencias de sus actos ya que creen obedecer a alguna ley superior, como si no los alcanzaran las exigencias mundanas de la gente común. Esto les da el arrojo para hacer o decir cosas que el resto no se anima. Pero en el fondo tienen un gran miedo a sufrir, por eso evaden experiencias vinculares profundas que demandan permanecer y sostenerse aún en el conflicto junto a un otro (pareja, amigo, familiar, socio, etc.). El puer eterno se escapa para no decepcionarse, revolotea por encima de la tierra haciendo pie acá y allá, dejando algunos rastros, proyectos incumplidos, ideas sueltas y corazones rotos.
La adolescencia extendida parece estar propiciada por ciertos factores culturales y sociales de nuestra época. Según el sociólogo Zygmunt Bauman, vivimos tiempos de una modernidad líquida que impone el culto a lo joven, lo nuevo y liviano, valorando aquello que pueda moverse rápido sin demoras y descartando todo lo que requiera un proceso, una espera o, peor, una renuncia. Con el aumento de la virtualidad evitamos la complicación de la materia que podría enseñarnos sobre su vida útil, sobre la fragilidad y caducidad de lo corpóreo, sobre las distancias y los tiempos, y a cambio se promete una gratificación inmediata. Y para lo que incomode o no funcione existe la cultura de la cancelación.
Ser un adulto normal en este tiempo, un homo consumens en eterno consumo de la teta del mercado, no exige mucha madurez.
"La juventud", multipremiada pelìcula de Paolo Sorrentino en Europa, con Michael Caine (mejor actor para la Academia de Cine Europeo) y Harvey Keitel.La pubertad y la adolescencia son periodos en que se dan los cambios físicos hacia la maduración sexual definitiva y el pasaje psicológico y social hacia la adultez. La ley asigna derechos y obligaciones tras cumplir los dieciocho años, y la psicología entiende como adulto a aquel que ha dejado las exigencias y reclamos de la posición infantil y se ha hecho cargo de sí mismo, algo que tampoco depende de la edad. Adulto sería entonces quien acepta las consecuencias de sus decisiones y puede responder por lo que es y lo que hace. De allí el termino “responsabilidad”.
A su vez, la transición entre la niñez y la adultez ha sido marcada por rituales de iniciación en distintas culturas a lo largo de la historia, pero los rituales de pasaje hoy en día son solo meras formalidades, cáscaras vacías de contenido. La crisis de sentido que afecta diversas áreas de la vida en comunidad tal vez sea otra causa del aumento de personas que se rehúsan a entrar al mundo adulto.
Aceptar las condiciones finitas de esta existencia y limitarse es lo que el puer eterno rechaza, y al hacerlo ve coartada su participación en esta vida. El joven eterno guarda siempre una opción en el bolsillo, nunca se entrega totalmente a nada (más que a sus caprichos). Huye de quedar anclado al aquí ahora donde no se puede todo, pero donde es posible algo. Y lo real rara vez coincide con lo ideal.
Zygmunt Bauman sostenía que vivimos tiempos de una modernidad líquida que impone el culto a lo joven, lo nuevo y liviano. Von Franz postula que, al no definirse por alguna de las múltiples opciones disponibles, toda la creatividad y vida de fantasía de estos individuos queda condenada. No involucrarse en algo significativo ni enraizar sus intenciones en algo concreto lleva a que ese rico mundo interno se convierta en una vida no vivida. Y negarse a crecer es siempre peligroso.
Jung dijo una vez que la vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir, y la muerte en vida es algo que el puer eterno rechaza con todas sus fuerzas, pero aquí yace el germen del problema. Para no convertirse en uno más del montón, elije no salir a jugar ni probarse en serio, estirando la seguridad de la infancia más allá de la cuenta en una fallida libertad.
Permanecer en una transición donde nada se define ni completa su forma potencial es como una semilla que nunca termina de germinar, o un árbol que no da frutos porque nunca es el momento adecuado. Es el entusiasmo en todo comienzo, pero también el corte abrupto antes de empezar el trabajo duro. El puer eterno es una promesa que nunca se cumple. Vive bajo la ilusión de tener tiempo, en un limbo en el que nada pasa más que en su fantasía, un lugar donde no llega la muerte ni la vejez. Vive en el País de Nunca Jamás, o alguna de sus sucursales, como los parques de diversiones portátiles donde se mata el tiempo: consolas de videojuegos o celulares “inteligentes”.
Existen dos obras literarias famosas del siglo XX que tratan sobre el niño eterno, y que muestran simbólicamente cómo se da este fenómeno en su versión extravertida e introvertida: Peter Pan, de James Barrie, y El Principito, de Saint-Exúpery.
Peter Pan.En Peter Pan la batalla arquetípica entre la vida y la muerte se da en el exterior. El irreverente y audaz “rey de los niños perdidos” combate contra Garfio, el amargado capitán del barco pirata, en el País de Nunca Jamás. En esta isla lejana y exótica donde los niños no crecen y andan sin ninguna regla, viven hadas y sirenas, una tribu de nativos y todos los animales del reino animal. Peter Pan rechaza una relación con Wendy, una mujer real, y elige no ir al mundo adulto, sino quedarse con su femenino de fantasía: el hada Campanita. Él continua con sus aventuras, impune.
Por el contrario, el Principito vive sólo en un planeta diminuto con tres volcanes desde donde contempla emocionado los atardeceres. La batalla se da en su interior. Llega a la Tierra en busca de establecer contacto con otros seres, pero al poco tiempo acepta la mordedura de la serpiente para así regresar a su estrella con su rosa. En vez de aceptar su destino y trascender, elige la muerte, rechazando así la vida y la responsabilidad. Más que una gran aventura se trata de una historia triste y desértica, como la de quien no logra salvar la distancia entre su sensibilidad e intuición interior y la dureza del mundo exterior. Desde la mentalidad pueril introvertida, una verdad espiritual como que “lo esencial es invisible a los ojos” termina siendo una sentencia que encierra y corroe el corazón.
En este sentido, ni Peter Pan ni el Principito realizan la tarea heroica. No cruzan ningún abismo interno ni resuelven ningún enigma que los transforme. No hay sacrificio, tampoco redención.
Carl Jung.El camino arquetípico del héroe consiste en superar la nostalgia de la infancia y renunciar a ciertas ilusiones, pero sin cortarlas de raíz, sino re-direccionar la energía para que fluya en torno al desarrollo de la propia naturaleza. Llevar a cabo el proceso de individuación (convertirse en una persona íntegra) requiere una actitud heroica para salir del territorio conocido y atravesar las distintas etapas en pos de una mayor expansión y concreción. Para ello es indispensable poner a prueba las propias fuerzas y aprender de la experiencia, no solo de la teoría. Intentar, caerse y volver a levantarse.
Pero el puer eterno está entre la espada y la pared: o pierde la chispa de la vitalidad juvenil por adaptarse a la sociedad como uno más, volviéndose cínico y miedoso; o se queda atrapado en una mentalidad infantil, amparado del mundo externo siempre incómodo e inoportuno, pero no pudiendo realizar su vida ni su potencial nunca.
Esta oposición de fuerzas en contradicción es un conflicto aparentemente insoluble. Una verdadera encrucijada. Es lo que simboliza la crucifixión en sentido arquetípico, como mostró Jung. Uno tiene estímulos y obligaciones de su mundo interno y, a la vez, del mundo externo. Dos ejes de una cruz, dos niveles de existencia, materia y espíritu, en tensión. Atravesar este conflicto es un (segundo) parto, es decir, iniciarse en un nivel superior, más complejo y a la vez más profundo de existencia. Enraizarse en esta tierra en este tiempo sin perder la conexión con lo que trasciende lo visible, lo cotidiano y material, es como aceptar sin resignarse. Aceptar voluntariamente la posibilidad de sufrir al andar, pero sin dejar de amar el camino. Madurar… ardua tarea para el puer.
Alejandro Marshall es licenciado en Psicología, trabaja como psicólogo clínico desde un abordaje junguiano. También ha cursado seminarios de astrología junguiana con Zuleica Requelme. También participó de la traducción al castellano de libros inéditos de escritoras “junguianas” con la editorial El Hilo de Ariadna. Fue editor del libro Animus y anima de Emma Jung (2022), y traductor de La vía femenina de lo Sagrado de Helen Luke (2023) y de dos libros de Marie-Louise von Franz publicados en 2024: Imaginación activa alquímica y Lo Femenino en los cuentos de hadas.
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