Borges: Ginebra me hizo así

Está enterrado donde nació el Borges que sería para siempre. Fue en Ginebra donde se hizo: un lector único. Lector único –milagro primero secreto e íntimo, luego a la vista de todos– que se convirtió en escritor único. Allí en Ginebra se le reveló la vía de la lectura cooptada y canibalizada por la escritura, infiltradas por cierto esoterismo detectivesco. Allí lo moldearon los primeros libros anómalos, decisivos, de Thomas De Quincey, Gustav Meyrink y Rémy de Gourmont, entre otros inquisidores.
Una edad a la intemperie, un período iniciático por excelencia: el tiempo empieza a correr desde que se empieza a intuir qué espejismos irá uno prefiriendo o quién ya va queriendo ser. No llama la atención que en aquella época –cuando dio origen a esa primera identidad a partir de la cual se multiplicaría– también asomara la semilla de su obsesión con el desdoblamiento, traducido con los años a leitmotiv de su obra. (Otro tanto le sucedió a Pessoa, desterrado en Sudáfrica un lustro y también con el idioma inglés operando de doble agente).
Ginebra le enseñó a Borges a tomar distancia no sólo de un país, sino, sobre todo, de la infancia y de sí mismo. Y le obsequió otra clase de espejo, retrovisor. La ambivalencia no encontraría sentencia definitiva. Por un lado escribió “los años que he vivido en Europa son ilusorios, / yo estuve siempre (y estaré) en Buenos Aires”. En Atlas dictaría otra cosa, que hoy replica una placa en Ginebra: “De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntimas patrias que un hombre va buscando y mereciendo en el decurso de los viajes, Ginebra me parece la más propicia a la felicidad. Le debo, a partir de 1914, la revelación del francés, del latín, del alemán, del expresionismo, de Schopenhauer, de la doctrina del Buddha, del Taoísmo, de Conrad, de Lafcadio Hearn y de la nostalgia de Buenos Aires”.
Pedaleaba con su hermana Norah y se entrenó como nadador en el Ródano (que su agilidad no fue sólo mental lo ratifica un breve clip del joven Borges, filmado por Enrique Amorim, que circuló hace poco). Lo esencial que fue Ginebra –la gratitud inamovible hacia el lugar que indicó el umbral de una voz inconfundible y un sendero irrevocable– quedó claro en Borges a contraluz de Estela Canto: “La vida cultural de Borges, la vida que él quiere que conozcamos, se inicia con su adolescencia en Ginebra. En Europa Georgie descubrió otro mundo en libros que no eran los que su familia le daba, sino los que él elegía; estudió; fue feliz”.
De garante sale también el buen crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, con citas de su inaugural y llevadero Borges. Una biografía literaria: “Llegué a conocerla a fondo a Suiza, y a quererla mucho. Cuando volví a Suiza al cabo de 40 años, sentí una gran emoción y una sensación de volver a la patria también. Ginebra es una ciudad que yo conozco mucho más que Buenos Aires. Puede conocerse porque es una ciudad de tamaño natural, digamos. Buenos Aires es una ciudad ya tan desaforada que nadie la conoce”.
La geografía le fue regalada a Borges, entonces, desde joven –además, de los 40 compañeros del Collège Calvin la mitad eran extranjeros– y pasó a ser materia obligatoria del curso de todos sus libros. Más adelante tendría un eco en su modo de rubricar, al final de un cuento, el año y lugar de composición (“1941, Mar del Plata” en La Biblioteca de Babel”, por caso). Ya como profesor, de Milton decía que “sentía, como la sentiría Whitman después, la poesía que hay en los nombres de los lugares”. Y en un poema rezagado, titulado en el cruce de dos topónimos, “Piedras y Chile”, aludió precisamente a “esa dócil arcilla, mi pasado”. A ese ayer ya inalcanzable, a esa primera instancia edénica e irrecuperable de lecturas, acaso, Borges los persiguió como Aquiles a la tortuga, en la paradoja de Zenón a la que se aproximó sucesivamente.
La familia Borges permaneció en Ginebra del 24 de abril de 1914 al l 6 de junio de 1918. Esos cuatro años fecundaron las ambigüedades posteriores, sobre todo las de la esquiva identidad verdadera o central. En “The Thing I Am” silabea una figura icónica que “en la penumbra escande un temeroso / Hexámetro aprendido junto al Ródano”. En otro poema, “All Our Yesterdays”, el tiempo relojea sus dobles: “Quiero saber de quién es mi pasado / ¿De cuál de los que fui? ¿Del ginebrino / que trazó algún hexámetro latino / Que los lustrales años han borrado?”.
Este solitario de la memoria alcanza su cima en el cuento “El otro”, reencuentro del Borges en ciernes y el que está de vuelta. Confiesa que sucedió en 1969, lo redacta en 1972 y lo publica en 1975. Los dos fantasmas se ponen a prueba mediante adorados libros de antaño, ahora contraseñas. (Es curioso que una escenificación comparable se dé en la pieza de teatro de 1958 La última cinta de Krapp, de Samuel Beckett, con quien Borges compartió el premio Formentor en 1961). Se menciona la numeración y la calle ginebrina, el numero 17 de Malagnou, “frente a la iglesia rusa”.
La contienda –suele pasar con Borges– no tiene resolución si no es en un sueño. De allí su afición por disolver el almanaque en ejercicios como “Nueva refutación del tiempo”: “Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos... El tiempo es la substancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre...”
Borges tuvo un tiempo y unas horas dilectas: lo momentáneo y lo crepuscular, ambos dados a la enumeración cuidadosamente aleatoria. El azar quiso también que algo que subrayó un miembro de la eminente escuela ginebrina de crítica, Georges Poulet, sobre su colega Albert Béguin –en cuanto a que para Béguin estar presente en un momento del tiempo es estar ligado a todos los otros– resuene sin esfuerzo en la obra de Borges. Pero es en su letra, en su caligrafía de miniaturista egipcio, donde el tiempo no ha pasado y donde puede encontrárselo siempre en el mismo instante: maestro de una clase de oración que se delata buscando en sí misma una forma invisible.
Clarin






