Seis pueblos de España bonitos y perfectos para el apiturismo

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Seis pueblos de España bonitos y perfectos para el apiturismo

Seis pueblos de España bonitos y perfectos para el apiturismo

La pintura más famosa del arte rupestre levantino muestra a una mujer que cuelga de unas cuerdas con una cesta a la espalda e introduce un brazo en una colmena mientras las abejas revolotean a su alrededor. Esta escena puede verse en la cueva de la Araña, en la localidad valenciana de Bicorp, siguiendo las instrucciones que se dan en el Ecomuseo de Bicorp, y demuestra tres cosas: que las cavernícolas se jugaban el tipo tanto como sus rudos compañeros, que la miel ya hacía la vida más dulce hace 8.000 años —5.500 antes de que se inventara el azúcar refinado— y que España siempre ha sido un buen lugar para proveerse de esta sustancia primordial. Vayas donde vayas, hay apicultores —30.000—, colmenas —2,8 millones— y pueblos donde la miel es protagonista.

Hemos seleccionado seis pueblos repartidos por la geografía española que destacan por la calidad de su miel, pero también por la belleza del entorno natural en el que se encuentran. En algunos se puede hacer apiturismo, participando en la recolección, en catas y en diferentes talleres. En otros, solo comprar y dar un garbeo por los campos floridos donde la abeja europea hace su cosecha de néctar y polen.

Una abeja europea libando en una flor de Cinco Villas (Comunidad de Madrid).Andés Campos
BeeXperience en Liébana (Cantabria)

Poca gente sospecha que las abejas trabajan en la lluviosa Cantabria —aun­que solo producen en verano— y menos que existe, desde el año 2014, una Denominación de Origen Miel de Liébana —una de las cinco DOP para miel que existen en España—. Pero lo que ya nadie se imagina es que aquí se puede estar a un centímetro de miles de ellas sin necesidad de llevar un traje de apicultor. A siete kilómetros de Potes, la capital lebaniega, en Puente Asnil, la moderna granja apícola Colmenares de Vendejo cuenta con un apiario-mirador donde los visitantes ven confiadamente a través de un cristal cómo las abejas hacen sus dulces labores y cómo Rubén Varona, fundador y presidente de la DOP, las mueve de acá para allá, todo ello con una tranquilidad y una autenticidad pasmosas, como si fuera un documental de National Geographic.

La visita BeeXperience dura dos horas, incluye también una cata en el obrador artesano y es gratis para los menores de 18 años (para el resto, 12 euros). Si se toma esta miel con tortos de la vecina panadería Puente Asnil, se sube después como un rebeco por las cuestas de la montañosa Liébana. En la web valledeliebana.info se puede descargar una guía con 14 rutas.

Ampudia (Palencia): un castillo, una “Giralda” y 140 colmenas
La torre de la colegiata de San Miguel, en Ampudia.Andés Campos

Un cartel en la entrada de Ampudia anuncia que es uno de Los Pueblos más Bonitos de España, pero esto es algo que se ve a la legua, porque en lo alto tiene un precioso castillo del siglo XV y hacia el cielo se eleva una torre de 63 metros de altura, la de la colegiata de San Miguel, por sus hechuras conocida como “la Giralda de Campos”. De Tierra de Campos, se entiende. Debería haber otro cartel que dijera que es uno de los pueblos más dulces de España. La culpa de que sea tan dulce la tienen las abejas que trabajan para Miel Páramos del Alcor en 140 colmenas que hay en los montes Torozos, al sur de Ampudia. Con ellas, el apicultor Daniel Buena hace una miel primaveral de girasoles y tomillo, otra estival de lavanda, encina y roble, y una tercera con extracto de propóleo.

Daniel Buena, en su colmenar de los montes Torozos, en Ampudia.Andés Campos

De la dulzura de este lugar también tienen algo de culpa los mantecados, rosquillas, pastas y típicos picones que se elaboran en Dulces Lagermy.

Apicultor por un día en Cinco Villas (Comunidad de Madrid)

Bárbara Salinas, de Ariki Apicultura, se gana a cuantos se arriman a su colmenar en Cinco Villas, en la Sierra Norte madrileña, contándoles que dejó la informática y la ciudad para dedicarse por entero a las abejas y a sus dos hijos neurodivergentes: Ariadna, de 8 años, es disléxica, y Kilian, de 6, autista. “Yo también soy neurodivergente”, dice ella, sin dar más detalles. Y sus abejas deben de serlo, porque sonríen cuando los visitantes se quitan los guantes de protección para fotografiarlas con el móvil, en vez de acribillarlos a aguijonazos.

Bárbara Salinas, de Ariki Apicultura, muestra uno de sus panales en Cinco Villas.Andés Campos

Además de la actividad de apicultores por un día —en la que los niños disfrutan el triple que los adultos, socializando con las abejas y con Ariadna y Kilian, quienes dan nombre y chispa a Ariki Apicultura—, Bárbara Salinas organiza catas y talleres de cosmética natural y de cera. Y elabora miel, claro.

Las colmenas las traslada en invierno a Granada para que las abejas hagan su alquimia con el néctar de las flores de los aguacates de la Costa Tropical, pero el resto del año las tiene a 200 metros de casa, en el prado de la Vicenta, libando jugos del bosque, romero y mil flores más. Los talleres los realiza aún más cerca de casa, en el rincón más encantador del pueblo, junto a la fuente de la Edad Media de estilo árabe, el potro de herrar, el lavadero y el mural del artista urbano Moxaico Náyades, uno de los 42 del proyecto Paredes que Hablan, que ha convertido la Sierra Norte de Madrid en un museo al aire libre.

La premiada miel de Antoñana (Álava)
Una de las tres calles de la villa medieval de Antoñana (Álava). Andés Campos

La Edad Media parece que queda muy lejos, pero, en realidad, no lo está tanto. A solo media hora de Vitoria-Gasteiz, en la comarca de la Montaña Alavesa, está Antoñana, una villa donde se diría que los relojes se pararon en 1182, cuando el rey Sancho el Sabio de Navarra la fundó sobre un antiguo fuerte. Aquí viven 150 vecinos —no muchos más de los que tendría entonces—, y hay tres calles paralelas, una muralla y cero comercios. Para comprar la famosa miel de Antoñana, que ha ganado un par de veces el Concurso de Apicultura de Álava, hay que ir al único bar, el del Centro Social. Si allí no queda, es el momento de llamar al apicultor Fernando Díaz (635 74 62 92) y pedirle que baje con un tarro de la que tenga disponible —la de bosque con un poco de brezo es casi imposible: esa vuela—. Él las hace todas cremosas y se untan y consumen que da gusto, como si fueran dulce de leche.

Fernando Díaz, apicultor de Antoñana, con dos tarros de su miel.Andés Campos

En verano, Fernando Díaz tiene sus 55 colmenas ahí al lado, en la solana del monte Soila, en el parque natural de Izki, donde siempre es buena idea ir a caminar, antes o después de comprar la miel, para ver el bosque de roble melojo más extenso y mejor conservado de Europa. Y también el más nutritivo: el azucarado mielato que segregan estos árboles lo sorben las abejas y a los bichos de la madera se los zampa el pico mediano, un pájaro carpintero que aquí vive mejor que en ningún otro lugar de España.

Los dos enjambres de Brihuega (Guadalajara)

En julio, las más de mil hectáreas de campos de lavanda de Brihuega son invadidos por dos enjambres: uno de abejas y otro de humanos. Los últimos acuden al Festival de la Lavanda, en el que, este año, que cumple su 10ª edición, actuarán Sidecars (10 de julio), Luz Casal (11), Taburete (16) y Duncan Dhu (18). Para destacar entre las florecillas violáceas, van de blanco, y mientras se pone el sol, hablan maravillas de los helados, tartas y licores de lavanda que han catado en la conocida como “la Provenza de la Alcarria”. También de los ambientadores, cosméticos y productos de baño elaborados con eso mismo que han comprado en El Rincón de la Lavanda (Mayor, 8), Aromas de La Alcarria (Barrio Alto, 30), Lavandaña (plaza del Coso, 5) y Campos de Oro Azul (Armas, 21). Mientras, las laboriosas abejas, sin que nadie las advierta, liban el néctar de la lavanda para hacer una miel clara, ligera, suavísima, nada empalagosa. Se vende en Casa de la Miel (plaza de San Miguel, 4).

Garriguella (Girona): miel de kilómetro 3
Cucharilla para catar miel de Abellaires Empordanesos, en Garriguella (Girona). Andés Campos

Si las abejas de Garriguella quisieran, en 20 minutos se plantarían en el Rosellón francés, al otro lado de la sierra de Albera, o se acercarían a la Costa Brava para ver si es dulce o salado el néctar del hinojo marino. Pero las abejas de este encantador pueblo del Alt Empordà, como todas las del mundo, no se alejan de la colmena más de tres kilómetros. “Dios da alas a quien no puede volar”, dijo Isaías, y también a quien no las quiere usar. De esto se aprovechan en Abellaires Empordanesos para obtener una excelente miel de kilómetro cero —en realidad, de kilómetro 3—, con la seguridad de que sus obreras no meten la espiritrompa en cultivos transgénicos o llenos de pesticidas. Antes de catar y comprar esa miel ecológica y certificada, quienes visitan esta empresa apícola familiar salen ataviados con careta de protección con Marc Arumí a curiosear en las colmenas más cercanas: “Ahora gestiono 550, pero mi suegro empezó en 1983 en un garaje”. Allí les explica eso de que las obreras no se alejan mucho. Cuenta también otra curiosidad: los machos, cuando salen en busca de reinas vírgenes con las que aparearse, vuelan hasta 30 kilómetros.

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