De las entrañas de Google a la cruzada de la identidad digital: el hilo que une a Ditto y Gonzalo Alonso

Gonzalo Alonso todavía se emociona cuando recuerda que fue uno de los primeros 600 empleados de Google. Su correo eléctronico respetaba entonces la sobriedad típica de los comienzos, son su nombre a secas adherido al arroba y la coletilla de una marca hoy global. Nacido en México y de nacionalidad española, Alonso es el CEO de Ditto, firma europea especializada en soluciones avanzadas de identidad digital, autenticación criptográfica y sincronización de datos en tiempo real. La oficina central está ubicada en Barcelona y, aunque no se aportan datos de negocio, recientemente ha levantado 15 millones de dólares y cuenta en plantilla con unos 80 profesionales. Su cliente habitual opera en el sector financiero, presta servicio a varios bancos centrales y su escudo tecnológico protege actualmente más de 18 millones de dispositivos móviles.
Antes de recalar en Google, el directivo pasó por Microsoft, su "alma mater", el lugar donde se formó, donde contribuyó a estrenar productos con enorme alcance en la época (Hotmail, Messenger) y donde aprendió "a hacer negocios en el mundo digital" siempre con la vista puesta en la división de negocio latinoamericana. "Comprendí, además, el poder del marketing. Una big tech es una creadora de narrativas y por entonces nosotros formábamos un ejército de espartanos porque todo se basaba en hacer las cosas con eficacia y contención de costes".
Una vez fichado por el mamut de Mountain View, donde trabaja entre 2005 y 2009, Alonso descifra otro secreto, "el poder de las masas y de la nube", o, dicho de otro modo, el golpe de efecto que supuso contraponer al paquete Office un entorno colaborativo más abierto que nacía con Gmail y se ramificaba con Drive. "Ser el más tonto de la habitación aporta muchísimo valor. Tienes que igualarte con los que tienes enfrente y ese talento colectivo eleva la inteligencia de la organización. Ahora vuelvo a sentir esos aires de cambio, no ya vinculándolos al cloud o la computación cuántica, sino a la identidad [digital], donde la mayoría de la humanidad todavía vive en el medievo".
Durante los últimos tres años, alerta el hispano-mexicano, la corrosión del hacking se ha disparado y los datos de los ciudadanos están en riesgo. "Es un problema gravísimo de seguridad que puede conducir a un alto porcentaje de personas a perder por completo su capacidad de actuar en la red. En Europa, por suerte, se fijan una serie de mandatos para cambiar cómo se le piden al usuario sus datos a través del EUDI (European Digital Identity Wallet). Estas carteras digitales de identidad transforman radicalmente el escenario porque significarán, entre otras cosas, que todo lo que antes tardaba meses ahora tardará segundos. Ya no se recabarán datos, se recibirán pruebas criptográficas. Gracias a internet hemos logrado muchísimas cosas, pero nos sigue faltando una de las más cruciales: confianza".

En esa carrera hacia la identidad descentralizada, añade el CEO de Ditto para Europa, España (con su DNI electrónico) se codea con los países más avanzados de la UE (Alemania y Francia), aunque la tendencia hacia este entorno fiable donde el ciudadano recupera el control también progresa en otras latitudes como Canadá y México.
Larry, Serguéi y EricA finales de la década de los 90, Larry Page y Serguéi Brin, cofundadores de Google, desarrollaron en Stanford Pagerank, el famosísimo algoritmo que supondría "el primer salto de rana tecnológico" y la posibilidad de indexar toda la información online existente para clasificarla después en función de su popularidad. Esas fueron las entrañas de un buscador de buscadores reconfigurado tras la irrupción de la inteligencia artificial. "Ni ellos ni Eric [Schmidt] pensaban que alcanzaríamos la capacidad de cómputo necesaria para que la IA fuese capaz de hacer lo que hace hoy. En cualquier caso, en el buscador de Google aún tienes que interactuar bastante para obtener los resultados deseados. Todavía observo un alto valor humano y de personalización. Sin embargo, cuando se entrega a los agentes, la persona cae a la vez en la homogeneización y entonces todos los contenidos parecen iguales vengan de donde vengan. El mismo estilo, la misma ausencia de humor, la misma canción pop monótona con los mismos estribillos. Cada vez que automatizas te olvidas de quién eres y te pareces más al algoritmo. Y mucho cuidado con los datos que regalas a esas compañías. Son productos diseñados en lugares específicos con enormes sesgos raciales, culturales y de género", advierte Alonso.
Manual de supervivenciaLa vorágine de las redes sociales, la caída de la comprensión lectora, los problemas de ansiedad y depresión asociados al enganche dopamínico... este cuadro dantesco preocupa también al entrevistado, amante de la música y la filosofía y pese a ello responsable de una compañía tecnológica. "Tengo algunas ideas para sobrevivir. A lo largo de los años he ido borrando mis redes sociales para volverme más cuidadoso como individuo, aunque no renuncie a la faceta profesional que habilitan dichas herramientas. Cuando pienso en el futuro, creo que la privacidad será el máximo de los lujos. De hecho, entre las rentas más elevadas y en los países más avanzados ya lo es. El robo de identidad es el segundo fraude digital más extendido. Además, a menor presencia online, más tiempo para tomar notas a mano o tocar la guitarra".
No mires arribaProtagonizada por Leonardo DiCaprio y Jennifer Lawrence, la película de Adam McKay clava el retrato del tecno-bro multimillonario proveniente de Silicon Valley. Alonso ha vivido cerca de esa pecera y emite su veredicto: "Cuando alguien sobrepasa el millón en activos, algo se mueve en su mente. El poder absoluto corrompe. ¿Tienen poder estos gurús? Financieramente, sí, y eso condiciona incluso el marco jurídico en ciertos países. Resulta llamativo que el 70% de las empresas europeas ya no quieran comprar tecnología crítica americana. Se ha generado una distancia y me gustaría ver a alguno de esos CEO poniéndose límites a sí mismo y eligiendo la virtud de lo intermedio: ni ser un loco, ni ser un monje tibetano".
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