El histórico monasterio de Andalucía que es una joya del Renacimiento y enamoró a varios reyes

Después de tomar Granada en 1492, los Reyes Católicos dieron unos terrenos a la orden religiosa de San Jerónimo para construir un monasterio. Iba a ubicarse en Santa Fe, ciudad próxima a la capital que fue campamento base para el último asalto al bastión que ... les quedaba a los nazaríes. El núcleo central de la población tiene forma de cruz cristiana y señala hacia Granada, así que el objetivo estaba claro.
Aunque sea desviarse un poquito, pero por seguir hablando de historia, Santa Fe también fue el lugar donde, meses más tarde del final de la Reconquista, se firmó el documento con las condiciones para el viaje que ese mismo año emprendió Cristóbal Colón hacia las Indias y que le llevó hasta el continente bautizado como América.
Pero en Santa Fe no se alzó finalmente el monasterio. Los especialistas entendieron que era mucho más viable hacerlo en Granada y allí empezó a construirse a principios del siglo XVI. Y ahí entra en juego otro rey: Carlos V, nieto de los Reyes Católicos, pasó en Granada seis meses después de casarse con Isabel de Portugal en 1526. Lo que se dice una luna de miel larga, vamos.
Y en ese tiempo ocurrió algo decisivo para la arquitectura española, porque, aconsejado por Luis Hurtado de Mendoza y Pacheco, alcaide de la Alhambra y buen amigo, el monarca se convenció de que el gótico estaba en declive y que había que apostar por otro tipo de edificios y por seguir un estilo que provenía de Italia, un país donde se hablaba cada vez más del Renacimiento.
Granada fue el lugar por el que el Renacimiento entró en España, y eso es algo que se nota especialmente en la catedral, que estaba empezando a alzarse junto a la Capilla Real donde reposan aún los restos de Isabel y Fernando. Esa capilla es de estilo gótico, pero el templo catedralicio fue encomendado a Diego de Siloé, que también estuvo relacionado con lugares emblemáticos de la capital como la Real Chancillería y como… el monasterio de San Jerónimo.
Este imponente edificio, por entonces en el extrarradio, debía cumplir una primera y sagrada misión: albergar los restos mortales de Gonzalo Fernández de Córdoba, también llamado el Gran Capitán, vencedor en mil batallas, capitán general de los ejércitos españoles y que murió en Granada en 1515. El monasterio, sufragado en parte por su viuda, María de Manrique, debía servir, entre otras cosas, para resaltar sus hazañas y conservar sus restos, que de hecho allí continúan, tras pasar algunos años en el convento de San Francisco.
Este artículo podría extenderse casi hasta el infinito si fuera su intención describir todos los elementos arquitectónicos de un monasterio que, para optar por otra vía y resumir lo que de verdad interesa, es una preciosidad. No muchos visitantes caen en verlo, no está entre las joyas más conocidas de una ciudad que tiene un patrimonio inmenso. Eso, en la práctica, se traduce en algo que por otra parte resulta agradable: no es un monumento masificado y los agobios que a veces sí se producen en otros lugares, sobre todo en la Alhambra, aquí brillan por su ausencia.
El edificio tiene dos claustros ajardinados que son dignos de ver y también conserva en muy buen estado algunas de las estancias utilizadas durante siglos por los monjes. Entrar allí sirve para hacerse una idea muy aproximada de cómo hacían su vida diaria: dónde comían, qué sitios utilizaban para rezar y en qué otros eran llamados a capítulo por sus superiores, para bien o para mal.
Una belleza difícil de igualarSe hablaba en el titular de la relación entre el monasterio y los reyes y, aunque ya han sido nombrado varios –y el Gran Capitán, que sin serlo tuvo un importante vínculo con éstos- hay que reincidir en una de las mencionadas: Isabel de Portugal quedó hechizada por la belleza de esas estancias, En uno de sus claustros, en el que por supuesto no había monjes sino monjas, vivió durante buena parte de su estancia en Granada. Carlos V no estuvo con ella durante esa larguísima luna de miel antes aludida, así que fue más casa para ella que para él. A ese claustro lo llaman desde entonces el de la Emperatriz.
Con ser todo el conjunto realmente extraordinario, resulta especialmente brillante el retablo mayor de su iglesia, de tal complejidad que tardó en completarse casi treinta años. Para describirlo, mejor tirar de especialistas: «Se trata de una grandiosa maquinaria compuesta de sotabanco, banco, cuatro cuerpos y ático. Queda organizada en nueve calles separadas por columnas, las dos finales de cada lado quebradas, para adaptarse a la estructura ochavada del testero de la iglesia», destaca la web Identidad e Imagen de Andalucía en la Edad Moderna.
«La escultura es exenta en las calles extremas y en las que flanquean a la central -más estrechas, concebidas prácticamente como entrecalles-, amén del Calvario del cuarto cuerpo y santos a los lados del Padre Eterno, en el ático, mientras que los tableros en relieve se enseñorean en banco, sotabanco y calles restantes. Cuenta, además, con el añadido de esculturas alegóricas y de la heráldica de los mecenas en los remates, así como sus imágenes orantes en las esquinas inferiores; todo ello, en una perfecta organización de órdenes arquitectónicos superpuestos (dórico, jónico, corintio y compuesto) y con una riquísima ornamentación, que sigue de cerca en lo formal y lo simbólico el esquema del prototipo áulico del retablo de la Capilla Real de Granada, con un carácter aún más monumental y clasicista», añade.
Realmente impresiona. Para el viajero que llegue a Granada con tiempo y quiera recrearse recorriendo y contemplando la parte renacentista y barroca de la capital, el monasterio es una parada ineludible, tanto o más como la iglesia de San Juan de Dios, muy próxima y con otro altar impresionante. Más lejos del centro hay otro monasterio, el de La Cartuja, que sin duda merece atención. Será en otro artículo.
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