Kishore Kuchibhotla, neurocientífico: “El cerebro puede convertir una rutina en un hábito de un día para otro”
Daniel Casanova Arteaga
Empezar a ir al gimnasio, salir a caminar cada tarde o intentar leer antes de dormir son objetivos que muchas personas se marcan para incorporar nuevas rutinas a su día a día. Sin embargo, convertir una acción repetida en un hábito suele considerarse un proceso largo que requiere constancia y disciplina. Ahora, una investigación de la Universidad Johns Hopkins plantea que esta transformación podría producirse mucho más rápido de lo que se creía.
Aunque durante mucho tiempo se popularizó la idea de que bastaban 21 días para automatizar una conducta, estudios posteriores han demostrado que no existe una cifra universal y que el proceso puede variar notablemente según la persona o el comportamiento que se quiera incorporar.
De hecho, una investigación de la Universidad de Australia del Sur situó el tiempo necesario para consolidar un hábito entre dos meses y casi un año. Sin embargo, el nuevo trabajo de Johns Hopkins pone el foco en una cuestión diferente: deja a un lado cuánto tiempo tarda en formarse un hábito y se centra en cómo se produce el momento en que una conducta deja de ser consciente y pasa a realizarse de forma automática.
Para llegar a esta conclusión, los investigadores utilizaron un método diferente al empleado habitualmente en este tipo de estudios. Según explican, gran parte de las investigaciones anteriores analizaban la formación de hábitos mediante recompensas que motivaban a los animales a realizar una tarea concreta. Sin embargo, este enfoque no permitía observar en tiempo real cuándo se producía la transición entre una conducta consciente y una automática.
Para comprobarlo, los investigadores realizaron una serie de pruebas con ratones. Dichos animales tenían acceso constante al agua, pero podían obtener una opción más apetecible si respondían a un determinado estímulo sonoro. Este sistema se acercaba más a situaciones cotidianas, en las que las decisiones no dependen únicamente de una necesidad básica, sino también de preferencias personales.

Fue precisamente este enfoque el que permitió a los investigadores observar algo que había pasado desapercibido en estudios anteriores. En un primer momento, los ratones respondían al estímulo únicamente cuando deseaban obtener la recompensa. Sin embargo, llegó un momento en que comenzaron a hacerlo de forma automática, incluso cuando ya no necesitaban el agua que obtenían a cambio.
Lo más llamativo fue que el cambio se produjo de forma repentina. “Lo que más nos sorprendió es que no cambiamos nada en el experimento. Los animales simplemente pasaron de una estrategia a otra, de una prueba a la siguiente”, explica Sharlen Moore, autora del estudio.
Además, los registros cerebrales realizados durante el experimento revelaron la posible existencia de una región del cerebro implicada en esta transición. Según Kishore Kuchibhotla, neurocientífico y autor principal de la investigación, el hecho de que el cambio se produjera de forma tan repentina sugiere que podría existir algún mecanismo encargado de controlarlo.
Aunque los resultados se han obtenido en animales y todavía queda investigación por delante, los autores creen que comprender cómo se produce esta transición podría ayudar a entender mejor comportamientos cotidianos relacionados con la alimentación, el ejercicio físico o el uso de dispositivos electrónicos.
De hecho, otros estudios ya habían puesto en duda la popular regla de los 21 días. Tal y como se recogió en La Vanguardia, la formación de hábitos depende de múltiples factores y no puede reducirse a una cifra concreta aplicable a todas las personas. “Lo cierto es que aún desconocemos el tiempo requerido para fijar un hábito (...) defender que tres semanas son suficientes para lograr algo tan complejo parece cosa de magia” señaló Ana García en dicho artículo.
Más que resolver cuánto tiempo necesita una persona para crear un hábito, el trabajo de Johns Hopkins aporta nuevas pistas sobre el momento en que una conducta pasa a realizarse de forma automática. Una cuestión que la neurociencia lleva décadas intentando responder y que podría resultar clave para comprender cómo modificar comportamientos poco saludables y por qué algunos hábitos se consolidan con tanta facilidad y otros resultan tan difíciles de cambiar.
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