Michaël Fœssel, un crítico de la razón apocalíptica opina que "la toma del poder pasa por el dominio del tiempo"

¿Este es el tiempo de las catástrofes? El filósofo francés Michaël Fœssel cree que sí y que la idea de progreso ha sido sacudida por las constantes crisis sanitarias, ecológicas y las amenazas nucleares. Viene de publicar en español su gran libro Después del fin del mundo. Crítica de la razón apocalíptica (El cuenco de plata), publicado por primera vez en francés en 2012 y traducido ahora por Silvio Mattoni. En pocos días más estará en Buenos Aires protagonizando La Noche de las Ideas, el encuentro filosófico internacional que se realizará en el Teatro Colón.
Después del fin del mundo. Michaël Fœssel. Editorial Cuenco de Plata.
Bajo el lema “Abrir caminos” se realizará la 10° edición de La Noche de las Ideas los días 22 y 23 de mayo. Organizan: Institut français d’Argentine (IFA), Ministerio para Europa y de Asuntos Exteriores de Francia, Fundación Medifé, CFA UBA y el Centro de Experimentación del Teatro Colón, Alianzas Francesas, Centros franco-argentinos, universidades y gobiernos provinciales y municipales. En CABA, las actividades se centralizarán en el Teatro Colón. Además habrá actividades en Rosario, Santa Fe, La Plata, Tandil, Mar del Plata, Mendoza, Córdoba, Jujuy, etc. Antes de viajar a Buenos Aires, Fœssel respondió una serie de preguntas por escrito.
–¿Cómo se puede leer hoy su libro Después del fin del mundo a la luz del agravamiento de ciertas situaciones relacionadas con el cambio climático, la invasión de la naturaleza en busca de recursos naturales y las guerras, entre otros males? ¿Se ha profundizado la situación desde 2012?
–Objetivamente, la situación se ha agravado tanto en el plano ecológico como en el político y el militar, sí. En muchos aspectos, tenemos la sensación de un presente que se encuentra al borde de su propio colapso y de un futuro que se ha vuelto opaco y, por lo tanto, angustiante. Pero, en mi opinión, el problema sigue siendo el mismo que en 2012, cuando empezaron a imponerse las primeras lecturas apocalípticas de nuestra época. Los discursos catastrofistas presentan los males que nos asaltan como un destino sobre el que tenemos poco control. Sobre todo, nos ahorran la molestia de buscar las causas de los retos que se nos imponen. Por ejemplo, el calentamiento global y la guerra actual en Oriente Cercano no pueden entenderse independientemente del triunfo de un capitalismo depredador que ya no sabe gestionar sus crisis más que multiplicándolas. La novedad con respecto a 2012 es que la administración Trump se ha erigido en defensora explícita de este capitalismo autoritario y depredador. El mito neoliberal del progreso a través del crecimiento ha sido sustituido por el de una crisis perpetua provocada por imperios que luchan por su hegemonía. No estoy seguro de que hayamos ganado mucho con el cambio.
Peter Thiel entrando a la Casa Rosada para reunirse con Milei. Foto: REUTERS/Matias Baglietto–En su libro, analiza cómo el relato apocalíptico, la política del miedo, confiere un poder inmenso a quienes lo anuncian. ¿Quiénes son hoy esos “heraldos del apocalipsis” y qué buscan?
–Es cierto que la toma del poder pasa por el dominio del tiempo. En épocas marcadas por la creencia en el progreso, el movimiento político que sabe evocar un futuro feliz y que logra convencer de los medios para acelerar su llegada parte con una ventaja simbólica sobre sus competidores. Este fue el caso de los partidos de izquierda hasta finales del siglo XX. En cambio, en épocas que, como la nuestra, están marcadas por el terror ante un futuro sombrío, la ventaja recae en quienes anuncian la catástrofe. Así es como, en mi opinión, se puede explicar la aparición de extraños discursos que mezclan creencias en el fin de los tiempos y la tecnofilia. Peter Thiel, que es a la vez un magnate de Silicon Valley y uno de los inspiradores del trumpismo, escribió así un artículo de opinión en el Financial Times dedicado al apocalipsis. Describe los tiempos que se avecinan como una “revelación” (origen etimológico de apocalipsis) en la que la justicia finalmente se manifestará a plena luz, pero que también está marcada por tiempos de disturbios y violencia extrema.
El milenarismo siempre ha sido un instrumento de poder, pues quien pretende conocer el futuro ofrece los medios para afrontarlo. En la gran narrativa de Thiel, este hace combatir a las potencias que retrasan la llegada de la revelación final, en este caso los Estados que quieren regular el capitalismo digital. De ahí esa extraña mezcla entre libertarismo, pasiones reaccionarias y creencias religiosas en el fin de los tiempos. Esta mezcla improbable, que no es, creo, ajena a la política del Gobierno argentino, se explica mejor si se comprende que se puede gobernar las conciencias mediante la catástrofe. El miedo se convierte en un instrumento de dominación tanto más poderoso cuanto más logra el profeta del fin del mundo señalar al enemigo al que hay que derrotar para que la "justicia" pueda imponerse.
Bomberos trabajan en el lugar donde un edificio de apartamentos fue alcanzado por un ataque con drones rusos, en Ivano-Frankivsk, Ucrania, mayo de 2026. Foto: REUTERS –¿Cómo definiría hoy la “razón apocalíptica” y en qué se distingue de una conciencia ecológica o de una crítica científica del presente?
–La razón apocalíptica contempla todo a la luz de lo peor y apuesta por la aceleración del tiempo que la técnica hace posible. Es una razón reducida al cálculo y basada en pasiones tristes como el miedo o la angustia. No se trata solo, como en el caso de una conciencia ecológica, de tomar conciencia de la devastación causada por el extractivismo y responder a ella con un uso menos utilitario de la ciencia. La razón apocalíptica rechaza por principio la idea de un progreso político o de una emancipación colectiva. Por lo tanto, no abre un futuro alternativo al presente, sino que se aferra al pasado como a un ideal que hay que restablecer a toda costa. Su origen se remonta a los pensadores contrarrevolucionarios del siglo XVIII, que veían en la Ilustración y sus promesas de emancipación a un enemigo al que combatir. La razón apocalíptica confunde el fin de un mundo (por ejemplo, el del Antiguo Régimen y la monarquía absoluta) con el fin del mundo.
–¿Es posible construir una política basada en la esperanza sin caer en un utopismo ingenuo, dado que el discurso sobre el fin del mundo intenta anular la capacidad de actuar?
–Más que en la esperanza, la política debe basarse en la justicia. Hemos roto, por razones de peso, con el progresismo y la creencia ingenua en un futuro mejor. Pero el progresismo surgido en el siglo XIX ya traicionaba la idea de progreso: comparte con el catastrofismo la creencia de que el curso de la historia es irreversible. Ahora bien, la idea de progreso que merece ser salvada se basa en la capacidad humana de asociar el tiempo y la justicia. Como demostró Kant, la cuestión de la esperanza (“¿Qué me está permitido esperar?”) viene después de la cuestión moral y política de la justicia (“¿Qué debo hacer?”). Para creer en un futuro mejor, hay que luchar por un presente más justo. No creo que las crisis actuales cambien nada en esta lógica de la libertad y la igualdad democráticas.
Tapa Ñ 1116–¿Por qué cree que la sociedad contemporánea consume la idea de su propia destrucción (catastrofismo) casi como un espectáculo, en lugar de actuar? La vida real en TikTok…
–Las redes, y en general lo digital, forman parte del presentismo contemporáneo, es decir, de la creencia de que se vive un presente absolutamente inédito, sin vínculo con el pasado. Me llama la atención el hecho de que los medios, en particular los canales de noticias continuas, califiquen de “histórico” lo que presentan como nuevo. La espectacularización de la política da la sensación de que casi a diario ocurre algo histórico, en el sentido de un acontecimiento tanto más peligroso cuanto más imprevisto. Pero un acontecimiento solo debería ser histórico si mantiene una relación con el pasado: incluso lo nuevo solo tiene sentido comparado con lo antiguo. Si pensamos en el auge de la extrema derecha en Europa, y más allá, hay que distinguir entre lo que tiene de singular y lo que toma prestado de la tradición de esta corriente política.
–¿En qué medida el miedo a un “fin” inminente restringe nuestras libertades civiles y democráticas?
–El miedo al fin del mundo aumenta mecánicamente el deseo de seguridad, y ello a cualquier precio. En Europa, la seguridad se presenta ritualmente como la “primera de las libertades”. En cierto sentido, es evidente: ¿de qué serviría ser libre en un mundo en guerra civil o en guerra exterior permanente, donde la muerte acechara en cada esquina? Sin embargo, si seguimos la lógica de los derechos humanos, vemos que los principios fundamentales son más bien la libertad y la igualdad que la seguridad. Hay que invertir la lógica: ¿qué sentido tendría sobrevivir en un mundo radicalmente injusto y despótico? El problema es que la absolutización del deseo de seguridad justifica todas las renuncias en materia de derechos. La multiplicación de la violencia policial en las democracias y la de las guerras en el mundo demuestran, además, que las políticas de seguridad están muy lejos de favorecer la paz.
–A la luz de su reflexión, ¿es posible salvar el universalismo sin caer en el eurocentrismo o en la imposición de valores particulares disfrazados de universales?
–El universalismo que hay que salvar es un universalismo crítico. A lo largo de la historia, lo universal se ha proclamado con mayor frecuencia por razones particularistas. Es incluso el caso de los derechos humanos, que fueron declarados, tanto en EE. UU. como en Francia, por hombres blancos, burgueses y propietarios. Pero el hecho de que el universalismo haya servido de aval ideológico a proyectos de dominación colonial o de clase no basta para arruinar lo universal. Por una sencilla razón: ¿en nombre de qué se pueden criticar los falsos universalismos si no es en nombre de un universal verdaderamente inclusivo? Habermas hablaba de las “promesas incumplidas de la Ilustración”. En lugar de oponer nuestras particularidades a los usos partidistas del universalismo, hay que tomar en serio las pretensiones universales de las democracias occidentales y exigir que se hagan realidad de una vez por todas. Si las democracias europeas se han amparado en eslóganes civilizacionales para justificar su colonialismo, eso condena a esos Estados, pero no invalida los discursos de la Ilustración que les sirvieron de coartada. Incluso para hablar de universalismo situado, hay que disponer de un principio que permita criticar su carácter situado. No veo otra instancia que lo universal, que significa ante todo “los derechos valen para todos y todas”, para hacerlo.
El presidente francés Emmanuel Macron, acompañado por la primera ministra italiana Giorgia Meloni, el primer ministro británico Keir Starmer y el canciller alemán Friedrich Merz, llegan al Palacio del Elíseo para asistir a una conferencia sobre la iniciativa para la navegación marítima en el estrecho de Ormuz, en París, Francia, el 17 de abril de 2026. Foto: Jeanne Accorsini/Pool vía REUTERS-Usted ha estudiado cómo el fanatismo busca destruir la esfera pública. ¿Cómo explican sus herramientas filosóficas el actual auge de las nuevas extremas derechas en Europa y en el mundo?
–El motor del éxito de la extrema derecha mundial es la identidad. Las desigualdades generadas por más de cuarenta años de políticas neoliberales han suscitado un sentimiento de ira alimentado por la frustración y el resentimiento. Existe tal brecha entre los discursos oficiales y gerenciales y la realidad que vive la gente, que se ha impuesto la tentación de tirar el grano con la paja y condenar la democracia en nombre de las políticas llevadas a cabo en su nombre. Pero la extrema derecha solo puede ganar la batalla cultural y de identidad si la izquierda –y más ampliamente el campo democrático– sitúa por sí misma el discurso en el ámbito cultural. Sin embargo, hay cosas más importantes que luchar por nuestras identidades. El “nosotros” político no es solo la suma de “yos”. Apunta hacia un proyecto de emancipación que no se queda en lo que somos, sino que designa lo que queremos hacer. La farsa de la extrema derecha consiste en prometer la supervivencia de nuestras identidades al tiempo que cambia de arriba abajo las condiciones sociales y democráticas de nuestras vidas.
Tras haber sido profesor en la Universidad de Borgoña y en el Instituto Católico de París, fue seleccionado como profesor de Filosofía en 2013 en la Escuela Politécnica de Francia. Fœssel es considerado un experto tanto sobre Paul Ricoeur como sobre Immanuel Kant, sobre quienes ha publicado varios ensayos. Codirige la colección L’Ordre philosophique de la prestigiosa editorial francesa Seuil. Es autor de numerosos libros, entre ellos La privación de lo íntimo (2008), Después del fin del mundo (2012), El tiempo de la consolación (2015), La noche. Vivir sin testigo (2017), Récidive. 1938 (2019) y Barrio rojo (El Cuenco de Plata, 2022).
Agenda de Michaël Fœssel en la Noche de las ideas
- Conferencia inaugural ¿Cómo pensar el porvenir? Será el viernes 22 de mayo a las 19:00 en el CETC. Participarán los referentes franceses Camile Froidevaux-Metterie, Asma Mhalla y Michaël Foessel, quienes interrogarán el mundo contemporáneo a partir de tres transformaciones clave: del sujeto, el poder y la democracia. Con la moderación de Tomás Balmaceda.
- En la segunda jornada, el sábado a las 13 horas, en el CETC, Michaël Fœssel y Melina Vázquez dialogarán sobre los nuevos rostros de la extrema derecha: sus lenguajes, organización y estrategias de movilización. Este intercambio buscará comprender estas reconfiguraciones para pensar, desde allí, posibles formas de respuesta y resistencia. Con la moderación de Arnaud Miranda.
- A las 17, en el Salón Dorado: una charla sobre el universalismo hoy, con Antoine Lilti y Michaël Fœssel, en la que harán una lectura contemporánea de las distintas formas de concebir el universalismo en contextos culturales y políticos diversos, explorando tensiones entre valores universales y particularismos históricos teniendo en cuenta el eurocentrismo y el hecho colonial.
Clarin



