Así vive un mozo de espadas una corrida en Las Ventas: «Estás con el torero en ese momento vulnerable, con sus miedos y sus silencios»
Mientras los toreros duermen, los mozos de espadas siguen trabajando. Entradas, vestidos, hoteles, capotes, fundones, llamadas, billetes... Antes de que una figura del toreo se vista de luces en San Isidro, hay una pequeña batalla invisible que casi nadie ve. Y ahí aparecen ellos, ... como es el caso de Daniel Rosado, que lleva más de mil cien corridas a sus espaldas, y treinta años viviendo en hoteles, carreteras y plazas de toros, acompañando a figuras del toreo. Primero a Javier Conde, después Enrique Ponce y ahora Sebastián Castella.
La víspera de una corrida en Madrid apenas deja espacio para respirar. «Las ferias de tanta responsabilidad como San Isidro, la Maestranza o Valencia tienen una carga de trabajo y de responsabilidad tremenda», explica. Su jornada del miércoles comenzó antes de las ocho de la mañana, cuando el coche de cuadrillas salió de Sevilla. A media tarde tuvo que acercarse a Las Ventas para retirar las entradas de los invitados de Castella: amigos franceses, aficionados españoles, conocidos llegados desde Lima... «Eso ya es más una labor de cortesía que de mozo de espadas, pero hay que hacerlo. El maestro te da el listado y tienes que ir persona por persona».
Después tocó visitar Sastrería Fermín. Allí, entre costureras, montadoras y vestidos a medio terminar, el ritmo de San Isidro se vuelve frenético: «Cuando llegué, el vestido del maestro todavía estaba por montar. Ves las mangas, los machos, las puntadas finales, los forros… Nosotros tenemos la suerte de ver cómo es un traje de luces desde dentro». El vestido, de estreno para la tarde venteña, quedó finalmente preparado entrada ya la noche. «En una feria tan larga esto es casi caótico para todos».
Pero el trabajo no termina ahí. De vuelta al hotel todavía quedaba organizar entradas y dejar lista la habitación del torero. «El maestro es muy perfeccionista y tiene sus costumbres. Antes de dormir le gusta tener ya preparada la silla, el fundón, el capote de paseo, la capilla… todo lo que necesita el día de corrida». Pasadas las diez de la noche pudo cerrar el día, por fin.
El día de la corrida empieza todavía más temprano. Lo primero, mirar el tiempo. «En Madrid eso es fundamental». Después desayuno con la cuadrilla, visita rápida a Las Ventas para ver el ambiente y resolver acreditaciones y pases de callejón y regreso inmediato al hotel, para gestionar los últimos detalles: hoteles para la siguiente corrida, entradas pendientes, llamadas, la comida del matador, últimos retoques… «Vivimos en alerta continua. Para nosotros todo son problemas que resolver».
Pero hay un momento especialmente duro: el instante de vestir al torero. Ahí empieza la verdadera tensión: «Te das cuenta de que ha llegado el día por el que llevan semanas preparándose, con tanta lucha, tanta preparación y tanto esfuerzo». Toda la semana anterior a la primera fecha de Castella en Madrid estuvieron en el campo, con la mente puesta en la corrida de este jueves. Pero todo cambia «cuando estás con ellos en ese momento vulnerable, con sus miedos, sus silencios y sus preocupaciones».
«Tienen mucho miedo a que no salgan las cosas, a la responsabilidad, al fracaso. Ese es el verdadero miedo que tienen antes de Madrid»
Según explica, los toreros no temen tanto la cornada como al fracaso. «El miedo físico siempre está ahí flotando, pero te acostumbras. Existe, porque un toro te parte en un segundo. Pero garantizo que tienen mucho más miedo a que no salgan las cosas, a la responsabilidad, al fracaso. Ese es el verdadero miedo que tienen antes de Madrid». Por eso el trabajo del mozo de espadas muchas veces va mucho más allá del vestido. Hay silencios, miradas y pequeñas conversaciones que también forman parte del ritual. «Intentas quitar hierro a todo, apoyarlos, transmitir naturalidad. A veces te hacen preguntas trampa, como preguntarte si hace viento, y tú le dices que no para tranquilizarlos… aunque luego se asomen a la ventana para comprobarlo». Tienen que jugar también un papel de psicólogo en esos complicados momentos.
Ha vivido ese instante junto a toreros muy distintos. «Con Ponce, la habitación era casi una fiesta, llena de amigos. Con Sebastián estamos él y yo solos. Y hablamos muy poco». Dos maneras opuestas de afrontar la tensión antes de salir al ruedo. Sobre las cinco de la tarde, esa hora tan torera, comienza a vestir a Castella este jueves.
Su historia comenzó siendo apenas un chaval seguidor de Javier Conde. El malagueño apostó por él cuando apenas tenía veintiún años y le abrió las puertas de las grandes ferias y de América. Después llegó Enrique Ponce. «Ha sido el premio grande de mi vida. Un torero de época y una persona irrepetible». Con el valenciano conoció las grandes plazas y los circuitos más importantes del toreo mundial. «Eran finales de Champions todos los días». Tras la retirada de Ponce pasó un tiempo parado, hasta que sonó el teléfono. Era Castella. «Me llenó de ilusión que quisiera contar conmigo para su reaparición». Junto al francés llegó además uno de los grandes sueños de su carrera: salir por la Puerta del Príncipe de Sevilla acompañando a un matador.
La profesión, sin embargo, también tiene desgaste. «Mi hija muchas veces me pregunta cuándo vuelvo a casa». Y lo entiende. Son décadas viviendo pendientes del teléfono, de un vestido, de una habitación, de una espada o de un cambio de última hora. «El cuerpo vive permanentemente en tensión». Pese a ello, se siente un privilegiado. «Mozos de espadas de figuras del toreo seremos nueve o diez. Cualquiera no vale». Y todavía hoy sigue exigiéndose al máximo. «Hay que intentar ser el mejor. No digo que lo consigas, pero en ese intento te haces más grande».
Cuando Ponce se vistió en una estación de servicioEntre tantas corridas y tantos kilómetros también guarda anécdotas graciosas. La más surrealista la vivió junto a Enrique Ponce en México. Camino de una corrida, un accidente colapsó la autopista y dejó atrapado al torero a más de una hora de la plaza. Pese a eso, podían llegar aún cuando un camión estaba ardiendo por un choque. «Yo estaba desesperado y el maestro muerto de risa». Cuando todo parecía perdido, el valenciano hizo una llamada y apareció un helicóptero en mitad de la carretera. «Se vistió en el baño de una estación de servicio, que no era un sitio muy torero» antes de aterrizar directamente en el patio de caballos. «Yo pensaba que era imposible llegar». Pero llegó. Y además cortó un rabo.
Volviendo al jueves, terminada la corrida, le queda la tarea de recoger todo, meterse en la furgoneta, y tirar para Jerez, « donde toreamos el viernes. Y todo esto, se vuelve a repetir«. Mañana volverá a sonar temprano el despertador, con habrá otro hotel, otro vestido, otra corrida y otra tarde de máxima tensión. Porque mientras el público mira al torero, siempre hay alguien detrás velando porque nada falle.
ABC.es



%3Aformat(jpg)%3Aquality(99)%3Awatermark(f.elconfidencial.com%2Ffile%2Fbae%2Feea%2Ffde%2Fbaeeeafde1b3229287b0c008f7602058.png%2C0%2C275%2C1)%2Ff.elconfidencial.com%2Foriginal%2Fd6c%2F63f%2Fc28%2Fd6c63fc281e855afd0962ac0f5587cff.jpg&w=1280&q=100)