Tres siglos y medio después, cara a cara con los gigantes del Barroco

Nada más cruzar la puerta de la Sala Sur del Centro Conde Duque nos recibe la muerte: la imponente pareja de cuadros pintados por Juan de Valdés Leal, entre 1671 y 1672, conocida como 'Las Postrimerías'. En el de la izquierda aparece la Parca con ... su ataúd, el sudario y la guadaña mientras apaga una vela, símbolo de la vida. A sus pies, sobre un sepulcro y tirados con desprecio, los símbolos del poder económico, social e intelectual de la vida terrenal sobre los que se impone. En el de la derecha, flanqueando la entrada, se representa el interior de una cripta con los cadáveres corroídos y descompuestos de un obispo, un caballero y un esqueleto anónimo, bajo la mano de Cristo, que sostiene la balanza del juicio final.
Se trata de dos de las pinturas cumbre del Barroco español y europeo, que hace un año fueron descolgadas por primera vez en más de tres siglos del pórtico interior de la iglesia del Hospital de la Caridad de Sevilla. El objetivo: exponerlas en el Museo de Bellas Artes de la capital hispalense. Ahora, estas y otras 13 obras del conjunto artístico del templo, realizadas por otros artistas importantes como Murillo, el escultor Pedro Roldán y el tracista de retablos Bernardo Simón de Pineda, llegan a Madrid. Es una ocasión excepcional para contemplarlas de cerca, a la altura de los ojos y en todo su esplendor, antes de que vuelvan a su ubicación original a más de veinte metros de altura.
El traslado ha sido posible gracias a las obras de rehabilitación que se están llevando a cabo en esta iglesia sevillana del siglo XVII y al acuerdo al que llegaron en un primer momento la Hermandad de la Santa Caridad y el Museo de Bellas Artes hispalense, que ahora se hace extensible al Centro Conde Duque por iniciativa del Ayuntamiento de Madrid. La entrada a esta exposición, que lleva por título 'Arte y misericordia. El Barroco de la Santa Caridad de Sevilla en Madrid' y permanecerá abierta desde el martes hasta el 22 de noviembre, será gratuita.
«Fue Miguel Mañara, el gran impulsor material y espiritual de la Hermandad, quien encargó a estos cuatro destacados artistas el diseño de una serie de cuadros y esculturas para difundir los mensajes de la congregación: la fugacidad de la vida terrenal, la llegada del juicio final y la importancia de las obras de caridad para alcanzar la vida eterna. Fueron creadas y concebidas para colocarse a gran altura en dicha iglesia, por eso he intentado recrear en esta sala la disposición original, de donde no se han movido en 350 años, a excepción del tiempo que algunas pasaron en Francia tras el robo del mariscal Soult durante la Guerra de la Independencia. En concreto, estos cuatro lienzos originales de Murillo», explica Marisa Caballero-Infante Selva, conservadora del Hospital de la Caridad y comisaria de la exposición, en una visita exclusiva para ABC antes de que el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, la inaugure este lunes.
Miguel MañaraMañara ingresó en la Hermandad en 1662 y fue hermano mayor hasta su muerte en 1679. Quería superar su «rastro de melancolía», o lo que es lo mismo, la depresión que padecía desde la muerte de su esposa. Aquella pérdida le hizo replantearse su existencia y el futuro de su alma, llegando a la conclusión de que solo las obras de caridad le harían alcanzar la salvación eterna. Eso dio lugar al mensaje que trasladó como guía a los hermanos de la institución, el cual dejó escrito en la 'Regla de la Hermandad' y, sobre todo, en la obra 'Discurso de la verdad'.
«Valdés Leal fue un pintor magnífico, con la mala suerte de nacer en un tiempo rodeado de genios»
Según explica la comisaria, esos pensamientos quedaron también reflejados en el programa artístico que plasmó en las obras que situó en su templo. Para ello, eligió a los mejores artistas del momento y los invitó a entrar en la Hermandad para reducir los costes de tan ambiciosa tarea. Murillo recibió 78.145 reales y Valdés Leal, 5.740, como indican los documentos conservados por la institución. Además, Mañara los guio en los trabajos para que quedara claro su mensaje. Por ejemplo, el de la muerte como destino inevitable que iguala a todos los seres humanos, que se refleja con toda crudeza en las citadas 'Las Postrimerías' que dan la bienvenida a los visitantes. De ahí sus títulos a modo de advertencia: 'In Ictu Oculi' (en un abrir y cerrar de ojos) y 'Sic Transit Gloriae Mundi' (así pasa la gloria del mundo).
«Valdés Leal fue un pintor magnífico, con la mala suerte de nacer en un tiempo rodeado de genios, como Zurbarán y Velázquez, además de Murillo, por eso es considerado un pintor secundario. Sin embargo, realizó muchas obras sublimes que variaban según el encargo y su estado de ánimo, pero estas dos son, sin duda, las mejores. Le hicieron inmortal. Todo lo que aparece tirado con desprecio a los pies de la muerte son los bienes terrenales según la concepción de la época. Vestidos de lujo, armas, coronas imperiales… Símbolos del poder económico y social del siglo XVII. Si lo hubiera pintado hoy, habría incluido el último iPhone, un chalé en la playa y un Ferrari. Son impresionantes, lo mejor que hizo en su vida», asegura Caballero-Infante Selva.
La exposición continúa subrayando la importancia de la misericordia mediante cuatro lienzos gigantescos de Murillo, que en su ubicación original se sitúan en los muros y retablos laterales de la iglesia. Estamos hablando de 'San Juan de Dios transportando a un enfermo' (1673), 'Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos' (1672), 'Moisés y la roca de Horeb' (1669) y 'La multiplicación de los panes y los peces' (1670). Estos dos últimos son apaisados, de casi seis metros de ancho y más de tres de alto, y hacen alusión al deber de la Hermandad de dar de comer al hambriento y beber al sediento, según las reglas que dejó escritas Mañara.
«El cuadro de los panes y los peces remite a la regla número 12 de la Santa Caridad, mientras que el de Santa Isabel de Hungría, a la 16, las cuales siguen vigentes, aunque adaptadas a nuestro tiempo. Hoy los hermanos de esta institución visitan a los abuelos más necesitados, les llevan al médico, les hacen compañía cuando están ingresados, les invitan a un café e, incluso, los llevan a la Feria de Abril. Si ven a uno abandonado en la calle, están obligados a avisar a la Hermandad para que sea acogido en su asilo. En el siglo XVII, sin embargo, ayudaban a curar las heridas de los enfermos, tal y como hace en el lienzo de Murillo la Reina Isabel de Hungría, que construyó un hospital de beneficencia para los tiñosos, leprosos y afectados por la peste bubónica en el siglo XIII. No olvide que en la época de estos artistas, Sevilla sufrió dos epidemias de peste que redujeron la población de la ciudad desde 100.000 hasta 40.000 habitantes en solo 15 años», recuerda la comisaria.
La muestra culmina con las obras de Pineda y Roldán que se ubican en el retablo mayor, el cual está presidido por la escena del 'Entierro de Cristo', en referencia, de nuevo, a otro de los cometidos de la Hermandad desde su fundación a mediados del siglo XV: dar sepultura a los desterrados, pobres, ajusticiados, ahogados y todos los cuerpos de los que nadie se hace cargo. Destacan en este sector las esculturas de este último: San Roque, San Jorge –«el patrón de la institución, que protege de las epidemias, por eso le rezamos en la del coronavirus», apunta Caballero-Infante Selva– y el Cristo de la Caridad.
Amigos«Es una oportunidad increíble para ver de cerca uno de los conjuntos artísticos e iconográficos más completos del Barroco español. Y espero que sea la última –bromea la comisaria–, por lo menos mientras yo trabaje como conservadora de la Hermandad, así no tendré que volver a moverlos. Es un trabajo muy difícil y pasé miedo. La última vez que se bajaron algunos fue en 1991 para su restauración, pero no se abrió al público. Tenga en cuenta que, por ejemplo, cada marco de los cuadros de Murillo pesa 120 kilos y están muy altos».
Antes de despedirnos, la conservadora resalta una idea a menudo obviada: «Estos cuatro genios eran amigos. En contra de lo que se piensa, la figura del artista varía mucho del siglo XVII al XXI. No existía rivalidad entre ellos a pesar de vivir en la misma ciudad. Había trabajo para todos y tenían bastante clara su posición en el mercado. Todos asumían que Murillo era el más solicitado y, muchas veces, trabajaban al alimón en el mismo proyecto. Hasta crearon el primer gremio de pintores. Mañara y Valdés Leal, en concreto, eran amigos íntimos, hasta el punto de que el primero fue padrino de dos hijos del pintor. Y se consideraban más artesanos que artistas. Murillo no se creía superior a Pineda, que era quien le hacía los marcos».
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